Estamos en el final de la última semana de campaña. La cuenta regresiva se agota y con ella también esta serie de editoriales. Es el capítulo final de un proceso que deja más dudas que certezas, y en el cual hay tres aspectos que vale la pena tener en cuenta:
- La calle apagada: una sociedad que llega a las urnas con cansancio, apatía y la sensación de que votar ya no cambia demasiado. El desinterés ciudadano se transformó en el telón de fondo más preocupante de la campaña.
- La política en piloto automático: candidatos atrapados en slogans, memes y acusaciones, sin la frescura de propuestas que puedan romper la inercia ni encender entusiasmo real.
- El escándalo que golpea en casa: las revelaciones sobre las coimas que involucran a la hermana del presidente Milei y a los hermanos Menem, amplificadas por las declaraciones y posterior salida del funcionario Spagnuolo, derrumbaron el discurso anticasta y pegaron fuerte en los referentes locales de LLA_PRO. Hasta ayer se jactaban de representar la “nueva política”, pero hoy quedan desnudos ante la opinión pública: no solo se repiten las mismas prácticas que decían combatir, sino que encima el ajuste que juraron que iba a pagar “la casta” termina golpeando con crudeza a los sectores más vulnerables. La línea de flotación del mileísmo está dañada, y con ella también la confianza de una sociedad que acompañó al proyecto con la esperanza de un cambio verdadero.
El viernes 5 no será solo el cierre de campaña: será la última oportunidad de los candidatos para mostrar si pueden construir futuro o si todo quedará reducido a la pelea chica y a la decepción grande.
Un cierre necesario
En política, como en la vida, la confianza se construye con hechos y se destruye con un solo gesto de traición. Lo que hoy vemos es un electorado que no pide milagros, pide coherencia; que no reclama magia, reclama respeto. Tal vez el desafío de esta etapa no sea convencer con frases grandilocuentes, sino devolverle a la gente la certeza de que la política no es sinónimo de estafa permanente.
El desorden que queda, entonces, no es solo el de una campaña que se apaga entre promesas incumplidas, sino el de una comunidad que todavía espera razones para creer.