Hay días en los que todo pesa demasiado. Días en los que el cansancio se vuelve una segunda piel, en los que las noticias abruman, en los que uno siente que camina a tientas. Y también hay días luminosos, casi perfectos, donde todo parece fluir y el mundo, por un rato, se acomoda a nuestro favor.
En ambos casos —en la angustia y en la alegría— solemos olvidar algo esencial: nada dura para siempre.
La vieja historia del rey y su anillo lo resume con una sencillez desarmante. Un sabio le dejó un mensaje tan pequeño que cabía bajo un diamante, pero tan enorme que podía sostenerle el alma en cualquier circunstancia. Tres palabras. Tan breves como un suspiro, tan profundas como un destino:
“Esto también pasará”.
Cuando el rey estaba acorralado, sin salida, ese mensaje lo salvó de la desesperación. Pero lo más revelador es que, cuando triunfó y el reino entero festejaba, esas mismas palabras lo rescataron del orgullo, de la soberbia, de ese engaño dulce que produce la victoria.
Porque la vida no es solo lo que duele. Tampoco es solo lo que enamora. Es un ir y venir constante, una marea que sube y baja sin pedir permiso.
Y entender eso —sentirlo de verdad— cambia todo.
Nos vuelve más humildes en los momentos de gloria. Más fuertes cuando oscurece. Más pacientes cuando duele. Más agradecidos cuando brilla. Nos permite apoyar los pies en algo que no es la euforia ni el miedo: la serenidad de saber que todo pasa.
Tal vez por eso estas tres palabras siguen vigentes, intactas, aun después de siglos. Porque no prometen milagros; ofrecen perspectiva. No nos sacan del dolor, pero nos recuerdan que el dolor tiene fecha de vencimiento. No nos quitan la alegría, pero nos invitan a saborearla sin aferrarnos.
A veces, en medio del ruido, en medio del caos, en medio del festejo o de la pena, lo único que necesitamos es detenernos un instante y repetirlo, con la honestidad con la que uno se habla a sí mismo:
Esto también pasará.
Y ahí —justo ahí— el alma respira un poco mejor.


