Por Pablo Menéndez.- La foto es de la Ferretería Mitre, de Volpe y Menéndez, de mi padre, junto a su socio Omar Volpe. Pero la centralidad no está solo en el edificio ni en el comercio: está en el tiempo. Porque hoy, en este 2026, se cumplen 50 años de algo que todavía me resulta difícil de dimensionar. Tenía 11 años y estaba por cumplir 12. Y ese cumpleaños me iba a encontrar trabajando.
Recuerdo con nitidez esa escena doméstica: la mesa después del colegio, la escuela recién terminada. Estaba en sexto grado, a punto de pasar a séptimo en el colegio parroquial. Y en ese clima de transición —de fin de una etapa y comienzo de otra— mi padre le dice a mi mamá que ese verano yo iba a ir a trabajar al corralón. A la ferretería.
La sensación fue rara, difícil de explicar. Como un corrimiento brusco de lugar. Sin haber crecido del todo, uno pasaba a ser “un poco más grande”. No adulto, pero ya no del todo chico. Un interín extraño. Eran otros tiempos, eran otras lógicas. Hoy suena antiguo, casi impensable, pero en aquel entonces era habitual: a los 11, 12 o 13 años muchos empezábamos a trabajar. Algunos con sus padres, como fue mi caso. Otros como cadetes, ayudando con papeles, llevando valijas en hoteles, alcanzando cosas, aprendiendo sin saber que estaban aprendiendo.
La verdad es que no tenía ganas. Ninguna. No quería ir a trabajar. No entendía por qué tenía que hacerlo. Y sin embargo empezó. Y con la distancia del tiempo puedo decir algo con total honestidad: no repetiría jamás mandar a un chico de esa edad a trabajar. No está preparado, no está maduro, no comprende del todo. Para uno, al principio, es casi un juego.
Pero también es cierto que, para mí, fue una experiencia que me marcó y me enriqueció profundamente.
Me crié entre bolsas de cemento, cal y arena. Aprendí lo que era un niple, un codito, un caño de cemento, un caño galvanizado. Atendí el mostrador. Y, contra todo pronóstico, me sentía cómodo ahí. Tan cómodo que creo que ese lugar dejó una huella definitiva en mi vida: la relación con el otro.
Detrás de un mostrador se aprende algo que no está en los libros. Mi papá decía “ser bolichero”. Y el bolichero tenía eso: la cercanía, la escucha, la paciencia. Entender que muchas veces el cliente no sabía exactamente qué buscaba, pero necesitaba ser entendido. Aprender a traducir necesidades. A acompañar.
Ese fue mi primer trabajo. Siempre lo voy a decir así. Después vinieron otros lugares, otros caminos. Pero cada vez que entro a un corralón de materiales, inevitablemente me veo ahí atrás del mostrador.
Veo las masillas acomodadas en cajones. Los clavos, cada uno en su pulgada exacta. El fieltro que cortábamos. El cemento suelto que se iba a buscar con la pala tipo, la misma que usaba el almacenero para el azúcar. Un kilo, dos kilos, tres kilos. Veo el piso de pinotea, precioso. El mostrador de madera. La balanza de pesas, no de aguja. Esa que buscaba el equilibrio exacto.
Nos fascinaba ese momento en que las pesas encontraban su punto justo. Y hoy pienso que esa balanza es una gran metáfora de la vida: buscar el equilibrio, el peso justo. A veces se logra, a veces no. En la balanza es más simple. En la vida, no tanto.
Recuerdo los olores, las ventanas, los azulejos, las losas de baño, las primeras bachas de acero inoxidable que empezaban a aparecer y que hoy son moneda corriente. Todo eso estaba ahí. Todo eso también me formó.
Por eso este texto es un homenaje. A la ferretería, porque fue mi primer trabajo. Al lugar donde crecí, aun sin quererlo. A un comercio que fue ícono de Miramar y de la zona. A la Ferretería Mitre, en 38 y avenida Mitre. Y también a todos los que alguna vez caminamos ese piso de pinotea, vendiendo clavos, cemento, cal, puertas, ventanas… o algún que otro codito.
Porque ahí, sin saberlo, muchos empezamos a buscar nuestro primer equilibrio.



