Por Pablo Menéndez.- El tiempo es una cosa extraña. A veces pasan cincuenta años y parecen una vida entera; otras, tres o cuatro, y quedan grabados como si nunca se hubieran ido.
Hablábamos de eso con ella. De los idas y vueltas, de cómo la vida va acomodando a las personas en lugares que no siempre se eligen, pero que terminan siendo propios. Entonces se lo dije, casi sin pensar:
—Fue tanto el tiempo que pasaron acá que para nosotros ese lugar siempre fue el patio de Cristina.
Y lo sigue siendo.
El patio de Cristina era una casa típica: primero un pedazo de patio, de esos que se pisan más de lo que se miran, y después un parque grande que parecía no terminar nunca. El patio era rojo, de un rojo gastado por el sol y los años, con un par de paredones que lo dividían del resto. Nada extraordinario, visto desde afuera. Pero los lugares no son lo que son: son lo que se vive en ellos.
Cristina llegó como inquilina. Se quedó como familia.
Mi madre la abrazó como a la hija mujer que no tuvo, y con ella abrazó también a sus hijas. Las vimos crecer ahí, entre ese patio y ese parque, entre las rutinas mínimas y los días largos. El tiempo pasó, como pasa siempre, y la vida nos llevó por caminos distintos. Después nacieron dos hijas más, el lugar quedó chico, y llegó el momento de irse.
Pero irse no siempre significa desaparecer.
Durante años, cuando buscábamos algo, alguien decía:
—Fijate si está en el patio de Cristina.
No había necesidad de aclarar nada más. Todos sabíamos de qué hablábamos. No importaba que ya no viviera allí, ni que después vinieran otros, ni que otros alquilaran, ni que otras historias ocuparan esos metros. Nunca volvió a ser el patio de nadie. Quedó así. El patio de Cristina.
Ahí entendí, mucho después, que eso era la pertenencia. No la que figura en un papel, sino la que se construye con afecto, con tiempo compartido, con el lugar que alguien ocupa en la vida de los otros.
Hace poco, una de sus hijas me contó que veía a mi madre como a una abuela. Y todo cerró. El patio, la casa de atrás de mis viejos, los años, los abrazos. El amor grande de mi mamá por Cristina y por sus hijas. Las palabras que quedan aunque todo lo demás cambie.
El patio de Cristina no es solo un lugar. Es una forma de nombrar lo que no se va.
Y cualquiera de mi familia que lea esto sabe exactamente de qué hablo cuando digo el patio de Cristina.
Y Cristina, y sus hijas, cuando lean este cuento, también van a saberlo.
Porque hay patios que no se olvidan. Y nombres que se quedan a vivir para siempre.



