Me encontré con esta frase casi sin buscarla. Cosas que pasan cuando uno lee, nada más. Fue un disparador en este sábado nublado y desapacible en Miramar, de esos que no invitan tanto a salir como a quedarse pensando.
“Llega un momento donde ya no extrañas a nadie,
donde no esperas nada de nadie.
Entonces usas las noches para dormir
y los días para ser feliz.“
Es una frase fuerte. Incómoda. Pero también tiene bastante de verdad. Sobre todo cuando uno empieza a transitar cierta edad, esa barrera silenciosa donde los años no te dan respuestas, pero sí otra forma de mirar las cosas.
Con el tiempo aparece algo parecido a la madurez. No como un logro, sino como comprensión. Entender al otro, aceptar que todo tiene giros, que la comunicación y el afecto son importantes, pero no siempre alcanzan para sostener el equilibrio justo. Y también entender que no todo depende de uno.
Algunos dirán que esta mirada es una salida fácil, una manera de correrse, de subirse a la vereda de arriba. Puede ser. Pero cuando los años pasan, cuando los hijos empiezan a tener su propio mundo, sus tiempos, sus actividades; cuando la pareja ya no está, por las razones que sean; uno vuelve a encontrarse consigo mismo. Y ahí aparece otro desafío: aprender a llevarlo.
Porque no es fácil. No es fácil levantarse todos los días solo. No es fácil comer todos los días solo.
No es fácil saber que todo lo que falta, todo lo que se busca, todo lo que se espera, hay que encontrarlo en uno.
Y acá hay algo importante: estar solo no es lo mismo que sentirse solo. Sentirse solo duele. Estar solo, en cambio, es una condición que, cuando se asume, puede incluso ordenar. No es resignación. Es aceptación.
Tal vez no se deja de sentir, pero se deja de esperar. Tal vez no se deja de querer, pero se deja de extrañar como antes. Y entonces las noches vuelven a ser para dormir, no para pelearse con los pensamientos; y los días, con lo que traen, se transforman en el espacio posible para estar bien.
Hace muchos años, Spinetta lo dijo sin dramatismo y sin estridencias, como suelen decirse las verdades que duran. En esa melodía hermosa donde hablaba de “para saber lo que es la soledad”, no la planteaba como castigo ni como vacío, sino como experiencia. Como un lugar al que, en algún momento de la vida, hay que animarse a entrar para entenderse un poco más.
Tal vez no se trata de ser feliz todo el tiempo. Tal vez se trata de dejar de pelear con lo que es. De asumir que estar solo no es un fracaso, sino una etapa. Una forma distinta de estar en el mundo.
Y cuando eso se acepta, algo se aquieta. Las noches vuelven a ser noches. Los días, simplemente días. Y uno, sin esperar nada de nadie, empieza —de a poco— a encontrarse consigo mismo.



