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Capítulo 3: El punto exacto


Capítulo 3: El punto exacto

El inspector no volvió a tocar la puerta. El escritor lo vio primero en el reflejo del vidrio. Estaba detrás de él, a unos pasos, como si siempre hubiera estado allí.

—Se equivocó en un detalle —dijo el inspector.

El escritor no se dio vuelta.
—¿En qué?

—La distancia.

Silencio.

—Desde esta ventana el disparo no pudo verse como usted lo describió.

Ahora sí giró.
—Yo no lo describí.

—No en voz alta.

El inspector tomó la hoja del escritorio antes de que el escritor pudiera cubrirla. Leyó en silencio.

—“La chispa nació suspendida, como si el aire la hubiera esperado.”
Eso no es lo que alguien ve. Es lo que alguien decide que ocurra.

Dejó el papel sobre la mesa.

—El cuerpo fue hallado un metro y medio más cerca del cordón de lo que usted supone aquí. El impacto vino en diagonal. Desde esta altura, esa trayectoria no se percibe como una chispa suspendida.

El escritor sintió un golpe seco en el pecho.
—Entonces… ¿me equivoqué?

—No —respondió el inspector—. Se adelantó.

El silencio se volvió espeso.

—Anoche, antes de que llegaran las sirenas, el cuerpo no estaba donde apareció esta mañana —continuó—. Hubo arrastre. Leve, pero suficiente.

El escritor tragó saliva.
—Yo no sabía eso.

—Exacto. No podía saberlo.

El inspector dio un paso más cerca.

—A menos que estuviera mirando antes de que ocurriera el movimiento.

El mundo pareció inclinarse.

—¿Me está acusando?

—No de disparar —dijo con calma—.
De esperar.

El escritor intentó sostenerle la mirada.
—Eso es absurdo.

—Su vecino del quinto piso declaró que lo vio asomado antes del disparo. No después. Antes.

El aire se volvió escaso.

—Eso es mentira.

—Tal vez. O tal vez usted estaba buscando el momento exacto.

El inspector se acercó a la ventana.

—Hay quienes miran lo que sucede.
Y hay quienes miran hasta que sucede.

Se volvió hacia él.

—Cuando vio el destello… ¿fue sorpresa?

El escritor abrió la boca.

No respondió.

Porque en algún punto, muy profundo, no estaba seguro.

El inspector caminó hacia la puerta. Antes de salir, agregó:

—La bala no mató de inmediato.
El hombre estuvo consciente unos segundos.
Lo suficiente para mirar hacia arriba.

La puerta se cerró.

El escritor quedó inmóvil.

Miró la ventana.

Y por primera vez desde aquella noche, entendió que tal vez no había sido el único que observaba.

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