Por Pablo Menèndez. En Miramar, como en muchas ciudades turísticas de la región, la temporada dejó un sabor agridulce. El consumo cayó, las ventas retrocedieron, y locales comerciales sienten en sus propias cajas cada peso que no entra. La realidad golpea, y no hay manera de disfrazarla.
Los turistas llegaron, sí, pero gastaron menos, eligieron opciones económicas y acortaron sus estadías. Los comercios miran las cifras: un 4 % menos en febrero, caída que se suma al descenso de hasta 20 % en gastronomía y entretenimiento durante el verano. Cada dato refleja lo que muchos ya sienten en la piel: el esfuerzo diario no alcanza para compensar la falta de consumo.
Y aquí es donde hay que interpelarse: este panorama no surge de la casualidad. El programa económico que impulsa el gobierno de Javier Milei, centrado en ajuste, reducción del gasto y recorte de derechos, tiene consecuencias claras. El ajuste trae recesión, el recorte de ingresos golpea el consumo y, al final, todos lo sentimos, desde el comercio familiar hasta quienes dependen del turismo.
¿Quiénes pagamos la cuenta? Todos y todas: los trabajadores, los comerciantes, los jóvenes que buscan un verano que no les dé aire fresco, sino solo cifras que bajan. La verdad no siempre es triste; simplemente no tiene remedio inmediato. Negarla no cambia nada.
Pero aceptarla permite mirar de frente la situación, repensar estrategias, adaptarse y, sobre todo, saber que estos números no caen del cielo, sino que son el reflejo de decisiones políticas y económicas. La pregunta que queda, lector, lectora, es simple: ¿seguiremos mirando para otro lado, o empezaremos a pensar cómo hacer frente a esta realidad que nos atraviesa a todos?



