Por Pablo Menéndez.- Cada tanto necesito respirar sudestada. La frase, dicha hace muchos años por el querido muralista Jorge Luis Acha, vuelve a mí como una ola insistente, como esas que no piden permiso y se quedan en la memoria.
¿Y qué es la sudestada para quienes vivimos junto al mar?
Es llegar y encontrarse con ese mar roto, revuelto, indomable. Es ver cómo el viento arrastra la espuma, cómo la empuja, cómo la hace volar sobre la orilla hasta rozarnos. Es sentir que ese paisaje, que para algunos resulta incómodo o molesto, para nosotros tiene algo más: una verdad.
Porque en la sudestada hay algo que limpia.
Hay algo en ese viento que desordena todo afuera, pero que, de alguna manera extraña, empieza a ordenar lo de adentro. La mirada se aclara, la mente se despeja, los pensamientos encuentran otro ritmo. Las emociones, incluso las más enredadas, parecen acomodarse con el vaivén del mar.
Y en estos tiempos —donde todo es urgente, donde la inmediatez empuja y la reflexión queda relegada—, ese momento frente al mar cobra otro valor. Es casi necesario.
Pararse ahí, en la orilla, dejar que la espuma nos roce, sentir que el viento atraviesa la piel. Como si no fuera solo aire, como si también fuera una forma de sacudir lo que pesa, de refrescar ideas, de mover lo que estaba quieto.
Tal vez esto no sea un cuento en el sentido tradicional. Tal vez sea más bien una pausa. Un pensamiento en voz alta.
Pero hoy, cuando llegué al mar y vi la sudestada, entendí algo simple: todos, cada tanto, necesitamos respirar sudestada.




