Hace apenas unos días publicábamos una nota simple, cotidiana, casi rutinaria: un día en el supermercado (/https://elrecado7607.com/2026/04/08/el-termometro-de-la-calle-marca-otra-cosa/ ). Un recorrido por góndolas que, más allá de los números finos, dejaba una sensación clara: los precios se estaban moviendo otra vez.
No hacía falta ningún índice. No hacía falta esperar estadísticas. Estaba ahí, en lo concreto: productos que cambiaban de valor en cuestión de días, segundas marcas que dejaban de ser opción y un ticket final que volvía a sorprender.
Hoy, el dato oficial confirma aquella percepción: la inflación de marzo alcanzó el 3,4% y no solo interrumpe la tendencia de desaceleración, sino que vuelve a encender una alerta que parecía, al menos por un momento, bajo control.
Pero lo más preocupante no es el número en sí. Es la señal.
Porque cuando la inflación vuelve a instalarse en torno al 3% mensual, deja de ser un fenómeno transitorio para convertirse en una inercia difícil de quebrar. Y ahí es donde aparece el verdadero problema: la economía empieza a acostumbrarse a convivir con aumentos constantes.
El supermercado, una vez más, fue el primer termómetro.
Antes que los informes, antes que las consultoras, antes que cualquier análisis técnico, fue la experiencia diaria la que marcó el pulso. La misma que hoy anticipa lo que muchos economistas ya advierten: abril podría moverse en niveles similares.
La pregunta entonces ya no es si la inflación sube o baja en un mes puntual, sino si realmente está bajando en serio.
Porque en la calle, en la mesa familiar, en el changuito, la respuesta todavía parece ser otra.
Y cuando la percepción le gana a la estadística, es porque algo más profundo sigue sin resolverse.




