Por Pablo Menéndez.- Todos tenemos alguna historia mínima, casi insignificante para los demás, pero enorme para nosotros. Cosas de la infancia que quedaron guardadas en un rincón de la memoria y que, de golpe, vuelven. Esta es una de esas historias.
Yo tendría cinco o seis años. Eran fines de los años 60. En aquella época el fútbol no se veía como ahora. No existían las transmisiones permanentes ni los canales deportivos las 24 horas. El fútbol se escuchaba por radio, se imaginaba. Y en esa imaginación crecían los ídolos.
Yo era fanático de Independiente. Fanático de verdad. Y había un jugador que me tenía atrapado: Aníbal “el Conejo” Tarabini. Número 11, goleador, de esos jugadores que para un chico parecían gigantes. Escucharlo nombrar por Radio Rivadavia, con la voz de Muñoz relatando los partidos, era suficiente para imaginar hazañas enteras.
No sé de dónde salió la idea, pero mi mamá, seguramente usando esas estrategias maravillosas que tienen las madres para hacer comer verduras a los chicos, me dijo un día que a Tarabini le decían “Conejo” porque comía muchos rabanitos.
Y yo le creí. Claro que le creí.
Desde ese momento, prácticamente todos los días aparecía un platito con rabanitos cortados, un poco de aceite y un poco de sal. Y ahí estaba yo, convencido de que cada rabanito me acercaba un poco más a convertirme en Tarabini.
Las cosas que uno piensa cuando es chico.
Lo más increíble es que terminé jugando de número 11. No habré sido gran cosa, pero me gustaba jugar ahí, pegado a la raya. Tal vez por Tarabini. Tal vez después también por Bertoni y tantos otros que dejaron su huella en Independiente.
Pero llegó 1971. Y Tarabini fue vendido a Boca.
Para un chico de cinco o seis años eso no tenía explicación económica, ni lógica profesional, ni mercado de pases. No. Para mí era una traición futbolera. Sentí que Tarabini dejaba de pertenecer a ese póster invisible que uno pega en la pared del alma cuando es chico.
Y ese mismo día, silenciosamente, dejé de comer rabanitos. Nunca más.
Tengo 62 años y no sé ni qué gusto tienen hoy los rabanitos. Pobres los rabanitos. Pobres los que los cultivan también, porque perdieron un consumidor hace más de medio siglo por culpa de una transferencia futbolística.
Con los años uno entiende que el fútbol profesional funciona de otra manera. Algunos jugadores se identifican para siempre con una camiseta y otros simplemente siguen su carrera. Pero cuando uno es chico, el fútbol se vive distinto. Más puro, más absoluto, más exagerado también.
Hoy quise compartir esta historia porque todos tenemos alguna. Algún sabor, alguna canción, algún objeto o costumbre ligada a una persona, a una amistad, a un amor, a un ídolo o a un momento de la infancia.
Y porque, de vez en cuando, está bueno volver ahí. Aunque sea para recordar por qué uno dejó de comer rabanitos.




