Por Pablo Menéndez.- Hay fotos que con los años dejan de ser simplemente una imagen. Se transforman en un abrazo, en una conversación pendiente, en una presencia que nunca termina de irse.
Esta es una de ellas.Este domingo, en el Día del Padre, quiero recordar al mío.
Era un hombre de pocas palabras, como tantos de aquella generación. No necesitaba hablar demasiado para hacerse entender. Tenía una mirada noble, de esas que acompañan sin juzgar y que sostienen aun cuando uno se equivoca.
Y vaya si tuvo que aguantar errores de su hijo.
Hoy, a los 62 años, siendo padre, entiendo muchas cosas que antes no entendía. Entiendo los silencios, las preocupaciones que nunca se dicen y esa forma de estar presente sin hacer ruido. Mi viejo fue así. Me respaldó siempre, incluso cuando yo no encontraba el rumbo. Aguantó en silencio mis grandes equivocaciones y estuvo ahí cuando más lo necesité.
También tuvo la enorme alegría de ser abuelo. Disfrutó de sus nietos hasta donde la vida se lo permitió. Lo recuerdo feliz junto a ellos, con esa sonrisa tranquila que aparecía cuando la familia se reunía.
En julio se cumplirán trece años de su partida. Parece mentira. Porque la verdad es que nunca se fue del todo.
Sigue apareciendo en una frase, en un partido de fútbol, en algún recuerdo inesperado. Todavía me descubro repitiendo aquellas expresiones tan suyas que quedaron para siempre en la familia. “Morir en el puesto o morir en la estancia es lo mismo”. O aquella otra que siempre me hizo sonreír: “El sol es el poncho de los pobres”.
Todos los días, aunque sea un ratito, me acuerdo de él.
Tengo la tranquilidad de haber compartido momentos que hoy son tesoros. Haber celebrado sus 83 años rodeado de hijos, sobrinos y afectos. Haber festejado junto a él y a su querida Chavita sus 50 años de casados. Haber visto a la familia reunida alrededor de quienes fueron el corazón de tantas historias.
Con los años uno empieza a comprender que el tiempo es más corto de lo que parece. Que las cosas importantes hay que decirlas cuando todavía podemos decirlas. Que los afectos no deben darse por sobreentendidos.
Mientras escribo estas líneas, vuelve inevitablemente a mi memoria una canción que atravesó generaciones. Y hay un verso que hoy siento más verdadero que nunca: “Yo soy tu silencio y tu tiempo, yo soy tu sangre, mi viejo”.
Tal vez porque llega una edad en la que uno descubre que muchas de las cosas que es, de las que piensa y de las que siente, también vienen de aquellos que estuvieron antes. De esos hombres sencillos que no siempre decían lo que sentían, pero que demostraban su amor todos los días con su presencia, su esfuerzo y su ejemplo.
Por eso hoy quería decirlo.
Gracias, viejo. Gracias por tu paciencia, por tu ejemplo, por tu compañía silenciosa, por estar cuando hizo falta y por seguir estando de alguna manera todos los días.
Y perdón también por aquello que no supe decir a tiempo. Porque aunque uno tenga 62 años y sea padre, nunca deja de ser hijo.
Feliz Día del Padre, donde quiera que estés.




