El operativo llevaba semanas de preparación. La información era precisa: un hombre de apellido Baena llegaría esa madrugada al puerto para reunirse con integrantes de una organización que manejaba el contrabando en la zona. Nadie quería dejar escapar la oportunidad.
Entre grúas inmóviles, contenedores y enormes buques amarrados, el grupo de élite esperó en silencio. Cuando el sospechoso apareció, actuaron con una sincronización impecable. En pocos segundos lo esposaron y lo llevaron a una oficina del muelle para interrogarlo.
El jefe del operativo respiró aliviado. Todo había salido según lo planeado.
Fue entonces cuando entré.
Observé al detenido apenas unos segundos y negué con la cabeza.
—Ese no es Baena.
El jefe sonrió con suficiencia.
—Tenemos la identificación. Es él.
Me acerqué un poco más.
—No. Lo conozco. Ese hombre no es Baena.
La seguridad del grupo empezó a resquebrajarse. Un agente miró la fotografía. Otro comparó el rostro del detenido. La mujer que integraba el equipo comenzó a revisar la documentación una vez más.
El silencio se hizo incómodo.
Yo no podía evitar sonreír.
—Después de semejante despliegue… ¿trajeron al hombre equivocado?
Nadie respondió.
—Quiero ver la cara de su superior cuando llegue. Explíquenle ustedes que movilizaron medio puerto para detener a alguien que ni siquiera era el que buscaban.
Las dudas crecían con cada segundo. Hasta el propio detenido parecía desconcertado, como si empezara a preguntarse quién debía ser en realidad.
Afuera, las sirenas seguían sonando. Los barcos permanecían inmóviles. El operativo más importante del año se deshacía en un mar de incertidumbre.
Y, mientras todos discutían si el hombre sentado frente a ellos era o no era Baena, alguien, en algún lugar del puerto, sonreía.
Tal vez el verdadero Baena. O tal vez… el hombre que tenían esposado nunca dejó de serlo.




