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¿En qué momento dejamos de mirarnos?


¿En qué momento dejamos de mirarnos?

Hay momentos en los que se hace necesario detenerse, mirar alrededor y preguntarnos qué nos está pasando. No solamente como dirigentes, como medios de comunicación o como ciudadanos, sino como sociedad.

En los últimos días, leyendo distintos portales y recorriendo las redes sociales, vuelve a aparecer una constante que ya hemos señalado en este mismo espacio: el insulto, el maltrato, el desprecio por el otro y, muchas veces, la ausencia de ideas reemplazada por la agresión.

Y mientras nos enfrascamos en ese enjambre de discusiones, descalificaciones y peleas virtuales, vamos perdiendo algo mucho más importante: la conexión con el otro.

Nos estamos olvidando de preguntar qué le está pasando al que tenemos al lado. Cómo está viviendo un jubilado o una jubilada la situación del PAMI. Cómo impactan las tarifas que aumentan mes a mes. Qué perspectiva tiene un joven que no encuentra oportunidades. Qué siente el comerciante que, uno detrás de otro, ve cerrar los negocios como si fueran fichas de dominó.

La pregunta es inevitable: ¿qué está pasando con nuestra sociedad, que muchas veces parece reaccionar recién cuando el problema le toca personalmente?

Son tiempos difíciles. Como diría Juan Carlos Baglietto, tiempos difíciles.

¿Hemos vivido momentos difíciles antes? Por supuesto que sí. Pero también es cierto que las generaciones no los vivimos de la misma manera. Hay quienes atravesaron determinadas crisis siendo muy jóvenes, quienes no las vivieron o las recuerdan apenas, y quienes hoy están lejos de Miramar, en otra provincia, y sin embargo sienten que muchas de estas dificultades también los alcanzan.

Por eso también cabe preguntarnos qué está pasando con nuestra dirigencia política.

Y este llamado de atención no está dirigido a un sector determinado. Nos alcanza a todos. A todos los espacios políticos, a todos los que tenemos alguna responsabilidad pública y también a quienes, desde los medios de comunicación o desde las redes sociales, contribuimos a construir el clima en el que vivimos.

En Miramar y en General Alvarado nos conocemos todos. Particularmente quienes nacimos, crecimos y elegimos quedarnos en esta tierra. Nos cruzamos en la calle, en los comercios, en las instituciones, en el hospital. Nuestras familias se conocen. Nuestros padres y nuestros abuelos se conocieron.

Sin embargo, cada vez aparecen más desencuentros, más agresiones y más violencia verbal. Y mientras tanto, ¿qué pasa con la vida real?

PAMI sigue siendo una preocupación para muchos vecinos. La situación de la salud privada golpea fuertemente y el hospital público termina sosteniendo, una vez más, buena parte de un sistema de salud que debería ser responsabilidad de todos.

Ese hospital, tantas veces cuestionado y bastardeado, es el que termina recibiendo a quienes necesitan atención cuando las otras puertas comienzan a cerrarse.

También están los comercios que bajan sus persianas.

Algunos podrán reconvertirse. Algunos tendrán herramientas, edad y posibilidades para hacerlo. Pero no todos.

¿A qué se supone que debe reconvertirse una persona que ya tiene una edad, que trabajó toda su vida y que construyó su camino con esfuerzo? No seamos tan duros con quienes peinan canas.

No hay que olvidar que el camino que nosotros transitamos ya lo recorrieron nuestros padres y nuestros abuelos. Y el camino que hoy recorren los jóvenes también será, algún día, parte de nuestra propia historia.

No hay que escupir para arriba. Porque una sociedad que desprecia a quienes estuvieron antes termina despreciando también su propia historia.

Tal vez haya llegado el momento de barajar y dar de nuevo.

De entender que podemos discutir. Que podemos pensar distinto. Que podemos tener posiciones políticas absolutamente opuestas. Pero que ninguna diferencia justifica el insulto, la denigración, el bastardeo o la humillación del otro.

Porque cuando el argumento desaparece y aparece la agresión, no gana nadie. Perdemos todos.

Las redes sociales pueden ser una herramienta extraordinaria para comunicarnos, informarnos y debatir. Pero cuando se transforman solamente en un escenario permanente de violencia, terminan rompiendo los vínculos que todavía necesitamos para vivir juntos.

Y ahí aparece quizás la mayor preocupación: la pobreza mental que genera acostumbrarnos a eso.

Una sociedad no crece insultándose. No crece despreciando al otro. No crece convirtiendo cada diferencia en una guerra. Una sociedad crece cuando es capaz de preguntarse qué le está pasando al otro, incluso cuando piensa diferente.

Por eso esta editorial no pretende señalar con el dedo. Pretende mirarnos a todos.

A los dirigentes políticos. A los medios. A quienes escribimos. A quienes comentan. A quienes participan de las redes. A quienes tienen una responsabilidad institucional y a quienes simplemente son vecinos.

Porque en algún momento tendremos que entender que, detrás de cada discusión, hay una persona. Un jubilado. Un trabajador. Un comerciante. Un joven. Una familia. Un vecino.

Y quizás volver a mirar al otro, antes de atacarlo, sea el primer paso para empezar a salir de este lugar en el que estamos.

Tiempos difíciles, sí. Pero no tenemos por qué hacerlos todavía más difíciles entre nosotros.

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