Por Pablo Menéndez.- Era una noche. Una noche de esas que empiezan como tantas otras. Un sábado más. Había encendido las luces de la pista, revisado por última vez los equipos y comprobado que todo estuviera en su lugar. La prueba ya estaba hecha. No quedaba más que esperar.
Colocó el primer vinilo con cuidado. Bajó la púa y dejó que la música comenzara a llenar el lugar suavemente. Un lento, apenas un susurro, de esos que sirven para ir armando el clima mientras la noche todavía está desperezándose.
Los auriculares colgaban de su cuello. De a poco llegaba la gente. Primero unos pocos, después más. Las conversaciones se mezclaban con la música y las luces comenzaban a hacer su trabajo.
Y entonces sonó phil collins con in the air tonight
Como un preludio. Como ese aviso secreto que solamente entiende quien conoce la noche. La música empezaba a pedir otro ritmo. La pista se preparaba para dejar atrás los lentos y entrar de lleno en la madrugada.
Fue entonces cuando giró para mirar. Y la vio. Castaño claro. Rulos. Un vestido verde, de un verde profundo, casi musgo, que parecía acompañar cada movimiento de su cuerpo.
Pero no fue el vestido lo que lo dejó quieto. Fueron sus ojos. Se miraron apenas unos segundos. Lo suficiente.
Después él volvió a la consola. Cambió un disco, acomodó el volumen, buscó la siguiente canción. Hizo lo que había hecho tantas noches: poner música, mirar la pista, leer el ambiente.
Hasta que ella apareció junto a la cabina.
—¿Qué pasa? —preguntó él, sonriendo.
Nada extraño. Era algo habitual. En una noche de sábado siempre había alguien que se acercaba a pedir un tema.
—¿Podés poner uno de Los Abuelos de la Nada?
Él la miró.
—¿Cuál?
Ella se lo dijo.
Y entonces apareció aquella canción.
Hace frío y estoy lejos de casa.
Los Abuelos de la Nada empezaron a sonar.
Y mientras la canción avanzaba, también empezó otra cosa. Una conversación.
Primero fueron palabras sueltas. De dónde era. Qué hacía allí. Por qué había venido. No era de la ciudad. Había llegado para pasar unos días en la casa de unos parientes.
Él siguió pasando música, pero ahora cada tanto buscaba sus ojos. Ella permaneció cerca de la cabina.
La noche seguía alrededor de ellos: las luces, la pista, las voces, las canciones. Pero por un momento parecía que todo aquello había quedado un poco lejos.
Hablaron. Se rieron. Se fueron conociendo entre canción y canción. Y quizá fue la música. O tal vez fue aquella mirada que había empezado todo.
O simplemente esa misteriosa manera que tiene la vida de poner a dos personas en el mismo lugar, en la misma noche, justo cuando tiene que hacerlo.
Cuando llegó la hora de cerrar, él la invitó a desayunar. No prometieron nada. No hicieron planes. Simplemente quedaron en verse después de la noche.
Y ahí termina la historia.
O, mejor dicho, ahí empieza lo que cada uno quiera imaginar.
Porque hay historias que necesitan un final.
Y hay otras que son mucho más lindas cuando quedan suspendidas en el aire, como una canción que termina pero cuyo último acorde todavía sigue sonando.
Lo demás…
Lo demás lo dejo librado a la imaginación. O a mi silencio.




