Cada fin de agosto, cuando se acerca el 30, vuelve la pregunta de siempre: ¿la “tormenta de Santa Rosa” existe o es solo un mito alimentado por la tradición popular?
La explicación científica muestra que la respuesta está en la atmósfera. En esta época del año, el pasaje de invierno a primavera genera una fuerte inestabilidad en el centro del país: masas de aire frío que bajan desde el sur se encuentran con aire cálido y húmedo que asciende desde el norte. Esa interacción favorece la formación de tormentas más intensas que en otras semanas de invierno.
En términos meteorológicos, el contraste de temperaturas y presiones crea lo que se conoce como una “zona baroclínica”. Allí, los frentes fríos avanzan como una cuña de aire denso que obliga al aire cálido a ascender con rapidez. Ese ascenso libera energía y dispara la formación de cumulonimbos: nubes de gran desarrollo vertical que pueden producir rayos, granizo, ráfagas y lluvias intensas en poco tiempo.
Un actor clave es el jet de bajos niveles sudamericano, una corriente de vientos del norte que transporta humedad desde la cuenca del Plata. Esa “manguera” de vapor alimenta las tormentas, sobre todo en horas de la tarde y la noche, cuando el jet se intensifica.
Otro ingrediente es la cizalladura vertical del viento (el cambio de dirección e intensidad con la altura), que organiza la convección y puede transformar las tormentas en supercélulas o líneas de turbonada. De allí surgen fenómenos severos como granizo o ráfagas intensas.
El granizo, por ejemplo, aparece cuando corrientes ascendentes mantienen pequeños embriones de hielo en la nube por encima de la línea de 0 °C, permitiendo que crezcan hasta caer al suelo. A fines de invierno, esa línea de congelación es relativamente baja, por lo que incluso tormentas no extremas pueden dejar granizos medianos.
En Córdoba, además, las Sierras suman un factor local: el ascenso orográfico y las brisas de valle actúan como disparadores adicionales, generando chaparrones muy intensos en poco tiempo.
Aunque la tradición fija la fecha en el 30 de agosto, los registros meteorológicos señalan que se trata de una señal estadística: en una ventana de unos 5 días antes y después aumenta la probabilidad de tormentas. No todos los años se registra un episodio fuerte, pero cuando se alinean los ingredientes, la “Santa Rosa” se manifiesta con la potencia que le dio fama.