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Capítulo I: La chispa


Capítulo I: La chispa

1944. La luna esa noche no iluminaba: exponía. Entraba por la ventana abierta del departamento como una presencia incómoda, derramando su luz blanca sobre el escritorio, los papeles sueltos y el vaso de coñac que él no terminaba de beber. Vivía solo, a una altura suficiente como para creer que nada podía alcanzarlo desde la calle. Un error común en esos años.

La pluma descansaba entre sus dedos, inmóvil. No por cansancio, sino por espera. Había aprendido, con el tiempo, que forzar la inspiración era la manera más rápida de perderla. Afuera, el mundo seguía su curso. Adentro, él aguardaba.

Vestía aún el traje oscuro y el sobretodo colgado en el respaldo de la silla parecía observarlo con reproche. Los hombres se vestían así entonces, incluso para quedarse solos. Especialmente para quedarse solos.

Fue la luz lo que lo hizo mirar.

Dos sombras se recortaban en la vereda de enfrente. La luna las dibujaba con precisión suficiente como para saber que eran personas, pero no tanto como para reconocerlas. Estaban quietas. O demasiado tensas como para moverse. Él se inclinó apenas hacia la ventana, con ese gesto mínimo de quien no quiere ser visto observando.

No oyó palabras, pero supo que hablaban.

Entonces ocurrió.

Un destello breve, seco, casi elegante. Una chispa de fuego que nació y murió en el mismo segundo. No hubo gritos. No hubo ruido. O tal vez su memoria decidió borrarlo.

Parpadeó. Las sombras ya no estaban.

Se apartó de la ventana. Bebió un sorbo de coñac y volvió al escritorio. Pensó en anotar algo, cualquier cosa, pero la pluma volvió a quedarse quieta. El silencio recuperó su dominio y, sin saber cuándo, el cansancio lo venció.

Durmió mal.

Soñó con sirenas que se superponían, con luces que giraban sin iluminar nada, con una frase que no lograba terminar de escribir. Cuando el alba empezó a filtrarse, el sonido regresó. Esta vez no había dudas: era real.

Sirenas.

Se levantó y miró otra vez por la ventana. Una patrulla detenida. Una ambulancia de las de antes, pesada, torpe. Movimiento. Demasiado movimiento para una hora tan temprana.

Bajó.

En la vereda, apenas unos vecinos. Nadie miraba a nadie directamente.

—Parece que balearon a un tipo —dijo alguien.
—Dicen que está muerto —agregó otro, casi en secreto.

Subió de nuevo con una sensación incómoda en el pecho. No era miedo. Era algo peor: certeza sin pruebas.

Frente al escritorio, recordó la luna, las sombras, el destello. Recordó también que, en algún punto de la noche, había soñado con todo eso. O lo había escrito. No estaba seguro.

Miró el papel en blanco.

¿Qué se hace cuando uno ve algo que no puede demostrar?
¿Y cuando no sabe si lo vio… o lo inventó?

Tomó la pluma.

Antes de que pudiera escribir la primera palabra, una idea lo atravesó con la misma violencia que aquella chispa fugaz:

tal vez la historia todavía no había terminado de suceder.

Y tal vez, de alguna manera, dependía de él.

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