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Capítulo 2: Lo que queda fuera


Capítulo 2: Lo que queda fuera

El inspector llegó tarde. No por desidia: por método. Cuando subió al departamento, la luz ya había cambiado. La luna había dejado de mandar y el día empezaba a imponer su versión de los hechos. El escritor pensó que eso le convenía. La claridad siempre parece una aliada.

El inspector se quedó parado en la puerta más tiempo del necesario. Miró el suelo, el zócalo, la pared desnuda. Como si el crimen hubiera ocurrido ahí y no abajo, en la vereda.

—¿Siempre deja la ventana abierta? —preguntó.

—Anoche hacía calor.

El inspector asintió, pero no por el calor. Caminó hacia el escritorio. No miró el papel. Miró la pluma. La tocó apenas, lo justo para sentir su peso.

—No está cargada —dijo.

El escritor frunció el ceño.
—¿Cómo sabe?

El inspector se encogió de hombros.
—Las cosas dicen cuándo fueron usadas… y cuándo estuvieron esperando.

Fue hasta la ventana. Miró hacia abajo. No buscó la vereda: buscó el ángulo.

—Desde acá —murmuró— no se ve bien el suelo.

El escritor sintió un leve sobresalto.
—Yo nunca dije que vi el suelo.

El inspector sonrió, por primera vez.
—Exacto.

Se dio vuelta despacio.
—La mayoría de los testigos describe lo que pasó. Usted no. Usted describe la luz.

Silencio.

—La luna —continuó—. Las sombras. El destello. Eso no es memoria. Es encuadre.

El escritor apoyó una mano en el respaldo de la silla. Sentía que algo se le escapaba, pero no sabía qué.

—Inspector, yo no sé si vi algo o si lo soñé.

—Eso no importa —respondió—. Lo importante es cuándo empezó a dudar.

Se inclinó sobre el escritorio. Ahora sí miró el papel en blanco.
—Anoche, antes de dormir… ¿pensó en escribir?

El escritor tragó saliva.
—Siempre pienso en escribir.

—No —corrigió el inspector—. Pensar no. Esperar.

El inspector volvió a guardar las manos en los bolsillos del sobretodo.
—Abajo hay un muerto. Eso es un hecho.
Acá arriba hay algo peor.

—¿Qué cosa?

El inspector caminó hacia la puerta.
—Una escena que todavía no terminó de pasar.

Antes de salir, se detuvo.
—Si llega a escribir sobre lo de anoche, no empiece por el disparo.

—¿Por dónde entonces?

El inspector lo miró por primera vez a los ojos.
—Por el momento exacto en que decidió mirar.

Y se fue.

El escritor quedó solo. La habitación parecía igual, pero no lo era. Se sentó frente al escritorio. Tomó la pluma.
Esta vez, no dudó. La primera palabra apareció sin pedir permiso.

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