Enero de 1984 quedó suspendido en algún rincón donde el tiempo no envejece.
Aquella noche en la cabina, cuando pidió un tema, no imaginé que tres minutos podían abrir una historia.
—¿Me pasás “Mil horas”?
Y empezó a sonar Mil horas.
Hay canciones que no acompañan momentos. Los crean.
Esa fue una.
Mientras la pista seguía girando, algo quedó en pausa entre nosotros. Una mirada que sostuvo más de lo necesario. Una sonrisa que ya era complicidad. Como si la letra dijera cosas que todavía no sabíamos decir.
Diez días.
Solo diez días.
Pero intensos. Vivos. Reales.
El desayuno cuando la noche ya se rendía. La caminata lenta, estirando los minutos como si el tiempo pudiera obedecer. El beso que no prometía eternidad, pero sí verdad.
Con los años uno aprende que no todos los amores vienen para quedarse. Algunos vienen para despertarnos. Para enseñarnos que podemos sentir así, sin cálculo, sin miedo, aun sabiendo que el final ya está escrito.
En este 14 de febrero, cuando el calendario nos invita a hablar del amor perfecto, tal vez también haya que abrazar estos otros amores. Los que duran poco. Los que no construyen futuro, pero sí construyen memoria.
Porque lo efímero no es lo contrario de lo verdadero.
Fue un rayo en enero.
Fue fulminante.
Fue verano.
Y todavía hoy, cuando suenan esas primeras notas de Mil horas, algo vuelve a latir en el mismo lugar.
Tal vez el amor no siempre alcance para toda una vida.
Pero a veces alcanza —y sobra— para que diez días duren para siempre.



