Por Pablo Menéndez.- El grito no era “gol”. Era “¡auto!”. Y había que frenar todo.
La pelota quedaba muerta en el medio del asfalto caliente, alguno la pisaba con la suela gastada de las Topper, y todos mirábamos hacia la esquina esperando que el coche pasara lento, casi pidiendo disculpas por interrumpir la final del mundo. Porque cada tarde era una final del mundo.
No éramos más de seis. A veces cuatro. Dos contra dos. Tres contra tres si la convocatoria venía fuerte. Los arcos eran imaginarios pero exactos: cruzados, angostos, pensados para que no fuera tan fácil patear de punta a punta. Había estrategia hasta en la pobreza del espacio.
Después de las seis y media empezaba lo mejor. La luz de mercurio del barrio se encendía como si alguien hubiera decidido inaugurar el estadio municipal solo para nosotros. La calle se volvía cancha, la vereda tribuna y el paredón, banco de suplentes y confesionario.
En esa Miramar que todavía no superaba los trece mil habitantes, los autos pasaban cada muerte de obispo. El silencio tenía sonido a verano y a siesta larga. Las madres sabían que estábamos ahí, a media cuadra, y el límite del campeonato no lo marcaba el árbitro sino el grito que cruzaba la noche: “¡A cenar!”.
Y entonces sí, último gol gana. Siempre último gol gana.
Había algo natural en esa apropiación del mundo. La calle no era peligro ni tránsito ni apuro. Era territorio. Era nuestra. Era el lugar donde aprendimos a perder sin dramatismo y a ganar sin medallas. Donde entendimos que el mejor equipo no era el que más goles hacía sino el que al otro día volvía a presentarse.
Después del partido venía el ritual. Sentados en el paredón, con las piernas colgando y la transpiración enfriándose en la espalda, hablábamos de cosas enormes con palabras mínimas. La chica que nos gustaba. El gol que había sido injustamente anulado por consenso. El futuro, que parecía ancho como la avenida principal.
Hoy camino por las mismas calles y ya no hay arcos invisibles ni gritos de “¡auto!”. Hay puertas cerradas, pantallas encendidas, autos apurados. La calle dejó de ser estadio y se volvió tránsito. Ya nadie corre descalzo detrás de una pelota que rebota contra el cordón.
Pero a veces, cuando cae la tarde y la luz se pone amarilla como aquellas lámparas de mercurio, algo vuelve. No es tristeza. Es una sonrisa suave, como quien reconoce una vieja canción en la radio.
Porque aunque el asfalto ya no sea nuestro, lo fue. Y eso alcanza. Porque hubo un tiempo en que la calle era estadio, el barrio era mundo y nosotros éramos eternos sin saberlo.



