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¿En qué momento se nos rompió la sociedad?


¿En qué momento se nos rompió la sociedad?

Por Pablo Menéndez*-. Hoy, en una charla cotidiana en el trabajo, entre redes sociales, noticias y comentarios al pasar, una compañera dijo algo que me hizo ruido interno: “Tenemos una sociedad rota.”

Dos palabras. Fuertes. Incómodas. Difíciles de esquivar. Y la pregunta aparece sola: ¿En qué momento se rompió? ¿Dónde estuvo el quiebre?

Porque algo se quebró. Se quebró la forma de hablar. Se quebró la forma de escuchar. Se quebró la convivencia.

Hoy no se puede debatir sin insultar. No se puede disentir sin atacar. No se puede opinar distinto sin que el otro se sienta obligado a destruir esa opinión, incluso cuando sabe que del otro lado puede haber algo de razón.

No buscamos razones. Buscamos imponernos.

Retrocedimos —como mínimo— treinta años en términos de respeto social. Y quizás más. Esto no pasó de un día para el otro. Se fue desmembrando lentamente, con el correr del tiempo, mientras naturalizábamos el agravio, el sarcasmo hiriente, la descalificación permanente.

La palabra “convivencia” quedó como una consigna vacía. La idea de educarnos entre las partes quedó archivada.

Y cuando uno observa cómo se mueven muchas dirigencias políticas —de todos los colores, sin excepción— la sensación es aún más desoladora. No se debate en serio nada que sea a favor de la gente. Nada. Todo es grito. Todo es ruido. Todo es escándalo.

Las mentiras dejaron de esconderse. Se dicen abiertamente. Se admiten estrategias para distraer.
Y una parte de la sociedad, cansada, enojada o confundida, termina aferrándose incluso a eso.

¿Cómo no va a haber una sociedad rota si creemos que desde el engaño se puede construir futuro?

El hartazgo es real. La sensación de que casi nada se decide pensando en la mayoría es real. Y mientras tanto, nos vamos acostumbrando a vivir en tensión permanente, a sospechar del otro, a hablar desde el enojo antes que desde la reflexión.

Pero reconocer que estamos rotos no es resignarse.

El verdadero desafío —para quienes se asumen dirigentes y también para nosotros como comunicadores— es animarnos a discutir en serio los problemas reales. Sin gritar. Sin mentir. Sin buscar likes fáciles a partir del odio.

Porque si la sociedad está rota, no la van a recomponer los insultos. La va a recomponer el respeto.
La va a recomponer la honestidad. La va a recomponer la voluntad genuina de escuchar.

Tenemos una sociedad rota.
Y hacernos cargo es el primer paso para empezar a repararla.

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