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Nunca Más, desde la memoria vivida


Nunca Más, desde la memoria vivida

Por Pablo Menéndez.- Quien suscribe tenía 12 años aquel Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Iba a la escuela parroquial en turno tarde, pero por las mañanas acompañaba a mi padre al corralón. Nos levantábamos temprano; a las 7 o 7:30 ya estaba abierto. Sus socios pasaban a buscarnos siempre a la misma hora, 7:20, 7:25, y de ahí partíamos.

Esa mañana fue distinta. No pudimos salir. El golpe militar había tomado el poder y nuestra zona, cercana al hospital, estaba cercada. Había barricadas, trincheras improvisadas y soldados que pedían documentos. No se podía circular libremente.

Recuerdo caminar con mi padre hasta uno de esos controles. Le pidieron la documentación. Él mostró su libreta cívica; yo llevaba aquella cédula marrón que se usaba entonces. Yo no entendía del todo lo que pasaba. Sabía que había un golpe, que algunos familiares habían sido detenidos ese mismo día. Pero nadie imaginaba la magnitud de lo que vendría después.

En medio de esa incertidumbre, mi padre me miró. Tenía esos ojos claros, celestes, que buscaban darme tranquilidad. Una calma que, con el tiempo, entendí que quizás él tampoco sentía. Pero así son los padres: intentan proteger, incluso cuando el miedo también los atraviesa.

Nos fuimos caminando. Y aunque en ese momento no teníamos dimensión de lo que ocurría, lo cierto es que lo que siguió fue el horror. Años de tensión permanente. Un país sometido a una de las dictaduras más crueles de su historia. Años que marcaron a toda una generación, especialmente a quienes atravesábamos la adolescencia en ese contexto.

Por eso resulta tan difícil comprender hoy ciertas posturas negacionistas. No hubo “dos demonios”. Hubo terrorismo de Estado. Y eso debe decirse con claridad.

No hablo desde la imparcialidad: hablo desde el compromiso y desde la memoria. Porque quienes vivimos ese tiempo sabemos lo que significó. Incluso quienes dicen “a mí no me pasó nada” estuvieron atravesados por ese clima de miedo, donde cualquier circunstancia podía terminar en una detención arbitraria.

La democracia, con todas sus imperfecciones, es el mejor sistema que tenemos. Es la que nos permite debatir, disentir, construir consensos. Pero también es la que debe sostener viva la memoria.

Hoy, a 50 años, el mensaje es claro y no admite matices:
Nunca Más.
Nunca más al terrorismo de Estado.
Nunca más a la violencia desde el poder.
Nunca más al silencio.

Porque recordar no es quedarse en el pasado: es defender el presente y cuidar el futuro de todos los argentinos.

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