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El frío también se paga: garrafas sin control y familias al límite


El frío también se paga: garrafas sin control y familias al límite

Con la llegada de las primeras bajas temperaturas del otoño, en Miramar y la región empieza a sentirse un problema que se repite cada año, pero que en este 2026 adquiere una dimensión más preocupante: el costo del gas envasado. Para miles de vecinos que no cuentan con conexión a la red de gas natural, la garrafa dejó de ser un gasto más para convertirse en una verdadera carga económica, cada vez más difícil de sostener.

La desregulación de los precios terminó por romper cualquier referencia. Lo que antes tenía cierta previsibilidad, hoy es una incógnita que se actualiza casi semanalmente. Comerciantes consultados coinciden en que los aumentos son constantes y, en algunos casos, se dan cada tres o cuatro días. En ese escenario, el consumidor queda desprotegido, obligado a pagar lo que el mercado impone.

Los valores hablan por sí solos. Una garrafa de 10 kilos oscila entre los 20.000 y 22.000 pesos en los puntos de venta, pero en algunos barrios puede trepar hasta los 30.000. La de 15 kilos ronda los 25.000, mientras que el tubo de 45 kilos ya se ubica en torno a los 70.000 pesos. Detrás de esos números hay decisiones cotidianas: cocinar, bañarse o calefaccionarse dejan de ser acciones naturales para convertirse en elecciones condicionadas por el bolsillo.

El impacto en la economía familiar es directo. Una familia tipo puede llegar a consumir cuatro garrafas por mes, especialmente cuando también se utilizan para el termotanque. Eso implica un gasto cercano —o incluso superior— a los 100.000 pesos mensuales. En muchos hogares, ese monto compite con alimentos, transporte y otros servicios básicos.

Frente a esta realidad, aparecen estrategias de supervivencia. El uso de la tarjeta de crédito se vuelve habitual, especialmente hacia fin de mes, cuando el efectivo ya no alcanza. Otros optan por adelantarse al invierno y acopiar garrafas, con el temor latente de un posible desabastecimiento cuando la demanda crezca. No es una exageración: ya hay vecinos que almacenan seis o siete unidades como forma de resguardo.

El problema no es solo el precio, sino la incertidumbre. Sin reglas claras ni controles efectivos, el acceso a un recurso esencial como el gas envasado queda librado a la lógica del mercado. Y en esa lógica, siempre pierden los mismos.

El frío, en estos barrios, no llega solo. Llega acompañado de preocupación, de cuentas que no cierran y de decisiones difíciles. Mientras tanto, la discusión de fondo sigue pendiente: cómo garantizar un acceso justo y estable a un servicio básico que, lejos de ser un lujo, es una necesidad elemental para vivir.

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