Hay derrotas que duelen. Y esta duele. Porque siempre queremos que Argentina gane. Porque una final es una final. Pero también hay derrotas que obligan a mirar un poco más allá del resultado.
España fue superior. Lo fue durante todo el partido y terminó llevándose un título merecido. Decirlo no nos hace menos argentinos. Al contrario. También hay que saber reconocer cuando el rival fue mejor.
Ahora bien, ¿una derrota puede borrar todo lo que hizo esta Selección? De ninguna manera.
Este grupo volvió a dejar el alma. Llegó otra vez hasta una final. En el camino nos regaló una semifinal inolvidable frente a Inglaterra, levantó partidos que parecían perdidos y volvió a demostrar por qué durante tantos años fue el equipo que todos querían vencer.
Si uno mira este proceso con la serenidad que da el tiempo, es imposible no ponerse de pie para aplaudir. Desde aquella Copa América de 2021, y si queremos ir un poco más atrás, desde el tercer puesto conseguido en 2019, la Selección Argentina escribió una de las páginas más extraordinarias de su historia. Cinco finales disputadas. Cuatro títulos conquistados. Muy pocas generaciones pueden mostrar semejante recorrido.
También es tiempo de recordar a quienes creyeron cuando muchos dudaban.
A Lionel Scaloni le dijeron de todo. Que no tenía experiencia. Que el cargo le quedaba grande. Que no estaba preparado. Muchos de los que hoy lo elogian fueron los mismos que lo cuestionaban apenas asumió.
En aquellos momentos apareció una figura enorme, que hoy ya no está entre nosotros, pero cuyo legado sigue intacto: el recordado César Luis Menotti. Él fue uno de los primeros en respaldar a Scaloni, en sostener el proyecto cuando las críticas parecían no tener fin. El tiempo, como casi siempre ocurre en el fútbol, terminó poniendo cada cosa en su lugar.
Hoy Argentina perdió una final. Sí. Pero también volvió a mostrar algo que vale tanto como los títulos: la grandeza para aceptar la derrota con dignidad. Porque ser un buen ganador es importante. Pero saber perder también habla de la calidad humana de un equipo.
Y permítanme una reflexión más personal.
Los que ya pasamos los 60 años tuvimos un privilegio que difícilmente se repita. Vimos campeón del mundo a Mario Kempes. Nos emocionamos hasta las lágrimas con Diego Maradona. Y disfrutamos durante casi dos décadas el talento infinito de Lionel Messi.
Tres generaciones. Tres gigantes. Tres épocas que marcaron para siempre la historia del fútbol argentino.
Tal vez hoy haya sido el último partido de Messi con la camiseta de la Selección. Si así fuera, no hay tristeza que pueda opacar todo lo que nos regaló. Nos hizo felices. Nos hizo creer. Nos dio el Mundial que tantas generaciones soñaron. Y, sobre todo, nos enseñó que la grandeza también se construye con humildad.
Hoy no hay reproches. Hay orgullo. Hay gratitud.
Y hay una certeza que ningún resultado podrá cambiar: esta Selección ya ocupa un lugar eterno en la historia del deporte argentino.
Gracias, Messi. Gracias, Scaloni. Gracias a cada integrante de este plantel.
Y gracias por hacernos sentir, durante tantos años, que vestir la camiseta argentina volvía a ser un orgullo inmenso.
Porque las finales se ganan o se pierden. Pero hay equipos que se quedan para siempre en el corazón de un pueblo. Y este, sin dudas, es uno de ellos.




