Acuarelista, fotógrafo, cineasta y escritor, Jorge Luis Acha construyó una obra que trascendió fronteras sin perder nunca el vínculo con su tierra. A tres décadas de su muerte, ocurrida el 12 de octubre de 1996, su mirada sobre el paisaje, su sensibilidad artística y su profundo amor por Miramar permanecen vivos en cada una de sus creaciones.
Hay artistas que retratan un paisaje y otros que consiguen transmitir lo que ese lugar despierta en el alma. Jorge Acha pertenecía a estos últimos. El mar, la arena, los pinos y el aroma de la tierra mojada por la lluvia formaban parte de su universo creativo. Eran recuerdos de la infancia, sensaciones que lo acompañaron durante toda su vida y que encontraron en el arte una manera de perdurar.
Desde niño, y luego durante la adolescencia, recorrió los senderos y el follaje del vivero de Miramar, donde comenzó a alimentar esa sensibilidad que más tarde se expresaría en sus acuarelas. Pero su inquietud artística no se limitó a la pintura. También exploró la fotografía en blanco y negro, el cine y las letras, siempre con una mirada propia, capaz de descubrir en lo cotidiano una fuente inagotable de inspiración.
«Necesito respirar la sudestada», decía cuando el cemento de Buenos Aires comenzaba a sofocarlo. Allí había desarrollado su carrera profesional, pero había algo que la ciudad no podía ofrecerle: la inmensidad del mar, el aire de la costa y los paisajes que llevaba consigo desde la infancia. Entonces regresaba a Miramar y a Mar del Sud, y los vientos, los temporales y los horizontes volvían a cobrar vida a través de su pincel.
Jorge Luis Acha nació en Miramar en 1946. Siendo joven se trasladó a Buenos Aires, donde estudió en las escuelas Beato Angélico y Prilidiano Pueyrredón, de las que egresó como maestro de dibujo y profesor de pintura. Con talento, formación y una profunda vocación, fue construyendo una trayectoria que despertó el reconocimiento de la crítica nacional e internacional.
Sin estridencias, su nombre se abrió camino en el mundo del arte. Sin embargo, nunca perdió de vista sus raíces ni dejó de reconocerse en los paisajes de su ciudad natal.
«No hago otra cosa que representar los paisajes que me rodearon tanto tiempo. Soy de Miramar y vivo en Buenos Aires y por eso necesito respirar la sudestada», expresó alguna vez. En esas palabras se resume buena parte de su identidad: la de un artista que podía vivir lejos, recorrer otros países y descubrir nuevos horizontes, pero que encontraba en su lugar de origen una fuente permanente de inspiración.
Sus viajes por Latinoamérica ampliaron esa mirada. A sus obras se incorporaron la bruma de la costa peruana, la luminosidad de Ecuador, la exuberancia de la selva amazónica y los paisajes de las islas Galápagos. También exploró los azules de las montañas chilenas y las tonalidades de las tierras bolivianas.
Cada recorrido sumaba colores, climas y experiencias a su universo artístico. Su búsqueda, sin embargo, iba más allá de la representación de la naturaleza. Quería conocer el mundo, comprender sus paisajes y transmitir la importancia de preservar aquello que nos rodea.
«Espero seguir recorriendo el mundo para llegar a tener una imagen completa de lo que es este lugar; para tener la oportunidad de haber vivido en cada rincón, en cada clima y, entonces, seguir compendiando nuestro hábitat para modificar al que lo ignora o destruye, para intentar que mis pinturas dejen de ser una evocación», dijo en uno de sus reportajes cuando tenía apenas 30 años.
En esa reflexión se encontraba también su compromiso con el ambiente y con la necesidad de despertar en los demás una sensibilidad que permitiera reconocer el valor de cada paisaje.
Su talento y su formación lo llevaron a destacarse en distintas disciplinas. Fue pintor, fotógrafo, cineasta y escritor, pero también un maestro para muchos artistas que compartieron horas con él en su taller, en el barrio porteño de San Telmo. Allí, en ese refugio creativo, transmitía sus conocimientos y su particular manera de entender el arte.
Cuando los sonidos de Buenos Aires lo abrumaban y la ciudad le resultaba demasiado distante de sus afectos, volvía a buscar el mar. Y entre todos los lugares de la costa, Mar del Sud ocupaba un sitio especial en su corazón. Frente a ese horizonte encontraba la posibilidad de imaginar su lugar en el mundo, lejos del ruido y cerca de la naturaleza que tanto amaba.
Pero el 12 de octubre de 1996, cuando tenía apenas 50 años, la muerte interrumpió demasiado pronto su camino. Se fue en plena madurez creativa, con una trayectoria reconocida y mucho todavía por expresar. Quedaron sus obras, sus películas, sus fotografías, sus escritos y las huellas de una sensibilidad que supo convertir los paisajes en experiencias para compartir.
«Hago paisajes para caminarlos y los muestro para que otros tengan la posibilidad de recorrerlos. Me deleito provocando temporales, alboradas, vientos o resolanas. Trabajo para estar bajo el relente o las heladas; entre lagunas y playas. Quiero que mis cuadros huelan a pinos o tierra mojada por la lluvia», explicaba en su juventud.
Treinta años después, esas palabras conservan una fuerza conmovedora. Porque Jorge Acha no pintaba solamente lo que sus ojos veían: buscaba transmitir el aire, los sonidos, los aromas y las emociones que habitaban cada rincón. Quería que quien se detuviera frente a una de sus obras pudiera sentir que también estaba allí, caminando ese paisaje, respirando ese aire, contemplando ese horizonte.
A 30 años de su partida, elrecado recuerda a uno de sus artistas más singulares. Su obra sigue siendo una manera de reencontrarse con la ciudad, de reconocer sus paisajes y de comprender cómo un lugar puede acompañar a una persona mucho más allá de la distancia.
Jorge Acha convirtió a Miramar en parte de su lenguaje artístico y llevó su paisaje a otros rincones del país y del mundo. Hoy, sus creaciones mantienen vivo ese vínculo entre el hombre y la tierra que lo vio nacer.
Quizá su legado más profundo esté precisamente allí: en haber demostrado que los paisajes no son solamente lugares que se contemplan, sino espacios que se sienten, se recuerdan y se llevan para siempre.
Y mientras el mar siga encontrándose con la arena y el viento vuelva a anunciar la sudestada, habrá algo de Jorge Acha en ese horizonte que nunca dejó de pertenecerle.




