Por Pablo Menéndez.- Hay reflexiones que no nacen de una noticia puntual ni de una discusión política. Nacen de observar, escuchar, recordar y, sobre todo, de preguntarnos en qué momento algunas cosas empezaron a cambiar.
Ayer escuchaba a un periodista destacado de la República Argentina. Alguien que, por su trayectoria y por la amplificación de su voz, tiene la posibilidad de llegar a muchísima gente. Y bienvenido sea que algunas voces de peso comiencen también a poner sobre la mesa determinadas cuestiones que atraviesan nuestra vida cotidiana.
Hablaba de una sociedad que lee poco, que vive apurada, que parece no tener tiempo para detenerse a pensar. Una sociedad atravesada por la ansiedad, donde muchas veces hemos ido perdiendo escalones.
Y esa reflexión me llevó a una charla de esas que solamente se pueden tener con un amigo de muchos años.
Hablábamos de nuestros padres. De aquellos hombres y mujeres nacidos en las décadas del 20, del 30 y del 40. Gente que, en muchos casos, apenas había podido completar cuarto o quinto grado. Algunos, los más afortunados, habían llegado a sexto.
No venían de familias acomodadas. Venían de abajo. Con pocas herramientas, con enormes dificultades y con un horizonte que seguramente no siempre les resultaba fácil de imaginar. Sin embargo, muchos consiguieron construir comercios, pequeñas empresas y proyectos familiares.
En nuestra querida Miramar hubo y todavía hay historias de ese esfuerzo. Historias de movilidad social ascendente, de trabajo, de sacrificio y de una cultura que entendía que progresar también significaba aprender, respetar y cumplir con la palabra.
Entonces aparece inevitablemente la pregunta: ¿qué nos pasó? ¿Qué nos está pasando?
No pretendo reducir una cuestión tan compleja a una sola explicación económica. El capitalismo, los modelos económicos y las transformaciones del mundo tienen, por supuesto, consecuencias sobre nuestras vidas. Pero hoy quiero detenerme en otra dimensión: la educación, el respeto, el lenguaje y las formas en las que nos relacionamos.
¿En qué momento dejamos de considerar importante saber expresarnos? ¿Cuándo pedir disculpas por un error comenzó a interpretarse como una debilidad? ¿Por qué defender una posición parece exigir necesariamente descalificar al que piensa distinto?
Tener razón no nos da derecho a atropellar al otro. Y equivocarnos tampoco debería convertirse en una vergüenza que debamos esconder detrás de una reacción desmedida.
Estamos asistiendo a una degradación del lenguaje público que no reconoce sectores ni ideologías. Hay responsabilidades compartidas. Y creo que uno de los ámbitos que debería empezar a mirarse hacia adentro es, precisamente, el de los medios de comunicación.
Nosotros también tenemos una responsabilidad.
¿Qué escribimos? ¿Cómo lo escribimos? ¿A quién le ponemos un micrófono delante? ¿Qué estamos legitimando cuando convertimos el insulto, la humillación y la descalificación en una forma habitual de comunicar?
No comparto esa idea de que esta nueva agresividad sea simplemente otra manera de comunicarse. No creo que insultar sea comunicar. No creo que destruir al otro, desfenestrarlo públicamente o decirle cualquier barbaridad contribuya a construir un país, una provincia y mucho menos una comunidad.
Y en un distrito como General Alvarado, donde nos conocemos todos, el asunto adquiere otra dimensión. Las palabras tienen consecuencias. Las descalificaciones circulan, atraviesan familias, relaciones, historias personales y espacios de convivencia.
Cuando entramos en esa vorágine de buscarle al otro todos los muertos que tiene guardados en el placard, terminamos convirtiendo la vida pública en una competencia de miserias. Y lo curioso es que algunos de los que más se apresuran a juzgar al otro, sinceramente, se olvidan que tienen una funeraria entera escondida en el placard
Pero hay algo todavía más preocupante.
Carlos Bardem, actor español, expresó una idea que me quedó dando vueltas: no se le debe poner un micrófono a un fascista. Porque cuando naturalizamos determinados discursos, cuando les damos un espacio sin reflexión ni cuestionamiento, corremos el riesgo de terminar convirtiéndonos en aquello que decimos solamente estar mostrando.
Los medios no somos espectadores inocentes de lo que sucede. Elegimos, jerarquizamos, amplificamos. Y esas decisiones tienen consecuencias.
No se trata de censurar opiniones ni de impedir que alguien piense diferente. Se trata de entender que la libertad de expresión también exige responsabilidad. Que no todo merece el mismo tratamiento y que el odio no puede presentarse como una opinión más, desprovista de consecuencias.
Mucho menos cuando los destinatarios de esos ataques son sectores vulnerables, personas que no tienen las herramientas, los recursos ni los espacios para defenderse en igualdad de condiciones.
Quizás deberíamos volver a mirar un poco hacia atrás. No para idealizar a nuestros padres ni para creer que todo tiempo pasado fue mejor. Ellos también tuvieron sus contradicciones y sus errores. Pero hay algo de aquella cultura del esfuerzo, de la palabra, del respeto y de la educación que merece ser recuperado.
Porque el progreso de una sociedad no se mide solamente por lo que consume, por las obras que construye o por los números de su economía. También se mide por cómo trata a sus mayores, cómo escucha a sus jóvenes, cómo se relaciona con quienes piensan diferente y cómo protege a quienes menos posibilidades tienen.
Tal vez el problema no sea solamente que estamos leyendo menos o que vivimos demasiado apurados. Tal vez el problema sea que estamos dejando de escucharnos.
Y una sociedad que deja de escucharse, que convierte cada diferencia en una batalla y cada discusión en una oportunidad para destruir al otro, difícilmente pueda encontrar un camino común.
No tengo respuestas para todo. Pero sí creo que tenemos que empezar a hacernos algunas preguntas incómodas.
Porque todo tiene consecuencias. Lo que decimos, lo que escribimos, lo que difundimos y también aquello que elegimos callar.
Y porque, en definitiva, el país, la provincia y esta pequeña comunidad que llamamos Miramar no son otra cosa que la suma de nuestras propias conductas.
Quizás todavía estemos a tiempo de recuperar algunos de esos valores que fuimos dejando en el camino.




