En medio de anuncios, cifras y discursos que llegan desde el plano nacional, hay una realidad que no logra filtrarse con la misma intensidad en el debate cotidiano: la situación de los jubilados y jubiladas. Y esa realidad también ocurre acá, en General Alvarado. También ocurre en Miramar.
Porque existe una sensación —equivocada, pero instalada— de que los problemas del PAMI suceden en otro lado. Como si las dificultades fueran ajenas, como si no hubiera adultos mayores recorriendo oficinas, consultorios y farmacias locales tratando de acceder a lo que les corresponde. Como si no existieran.
Lo primero que hay que decir, con claridad, es algo que cualquier jubilado, hijo o nieto sabe: el PAMI no es un regalo. No es una concesión graciosa del Estado. El PAMI se paga. Se descuenta mes a mes de jubilaciones que, en muchos casos, ya son insuficientes. Es, en esencia, la obra social de quienes trabajaron durante décadas.
Sin embargo, lo que hoy se ve es otra cosa.
Se ven demoras. Se ven faltantes. Se ven prótesis que tardan meses. Medicación que no llega. Recetas que no pueden emitirse. Y del otro lado del mostrador, empleados que se convierten en el último eslabón de una cadena que no responde, teniendo que dar la cara por decisiones que no les pertenecen.
Mientras tanto, las cifras circulan. Se anuncian millones. Se habla de superávit fiscal. Se repiten números como consignas. Pero la pregunta es inevitable: ¿para qué sirve ese superávit si no garantiza lo básico? ¿Qué sentido tiene el orden de las cuentas si no alcanza para sostener a quienes más lo necesitan?
El ajuste, cuando baja al territorio, deja de ser un concepto abstracto. Tiene rostro. Tiene nombre. Tiene historia. Es el de esa mujer que espera una prótesis. Es el del abuelo que vuelve sin sus medicamentos. Es el de quienes, después de 20, 30 o más años de trabajo, hoy no encuentran respuesta.
Y hay algo aún más preocupante: el silencio.
Como sociedad, pareciera que naturalizamos estas escenas. Como si fueran parte del paisaje. Como si envejecer fuera un problema individual y no una responsabilidad colectiva. Como si nunca fuéramos a ocupar ese lugar.
Pero todos vamos a llegar.
Y en ese punto, la pregunta ya no será solo qué hizo el Estado, sino también qué hicimos nosotros. Porque la indiferencia también construye realidad. Y la omisión, muchas veces, también es una forma de complicidad.
Hoy no se trata de números. Se trata de dignidad. Y esa, no debería estar nunca en discusión.




