Esta mañana fui al mercado de siempre, el que está cerca de mi casa. En el sector de pollería, delante mío había una mujer mayor, de unos 78 años, apoyada en su bastón.
Cuando el empleado le preguntó qué iba a llevar, respondió: “Milanesas de pollo”. Luego consultó el precio del kilo. El trabajador le dijo que rondaba los 8.000 pesos.
Entonces ocurrió algo que me quedó grabado. Con una mezcla de vergüenza y resignación, la mujer pidió apenas medio kilo. Y enseguida se justificó: “No puedo llevar más porque tengo que pagar el alquiler, que este mes me lo aumentaron”.
Escuchar eso en primera persona genera un impacto difícil de explicar. No fue un dato estadístico, ni un informe económico, ni una discusión televisiva. Fue una jubilada contando que debe elegir entre comer y pagar el techo donde vive.
En ese momento pensé en todo lo que no aparece en los grandes medios. Historias como esta se repiten a diario y, sin embargo, muchas veces quedan invisibilizadas. Hace pocos días publiqué una editorial en el portal El Recado sobre el cierre de comercios y bares. En lugar de debatir el problema, varios eligieron atacar al mensajero. Pero escenas como la de hoy me convencen de que hay que seguir contándolas.
“Un ejemplo simplifica”, decía Napoleón. Y el ejemplo de esta mujer vale más que cualquier discurso.
A quienes todavía niegan lo que le está ocurriendo a una gran parte de la sociedad, les pediría que observen con atención. Cada vez más personas caen en situaciones que hasta hace poco parecían impensadas.
Y aquí también cabe una reflexión para la oposición. Sabemos que el Gobierno no parece sentirse interpelado por estos problemas y que muchos de sus seguidores tampoco. Pero del otro lado, quienes deberían representar una alternativa continúan enfrascados en internas y disputas de poder, mientras la realidad golpea con fuerza a miles de argentinos.
La jubilada de esta mañana no pedía un privilegio. No reclamaba un subsidio extraordinario. Solo quería comprar un kilo de milanesas y no pudo.
Eso debería conmovernos mucho más que cualquier pelea política o cualquier discusión en las redes sociales. Porque detrás de cada número hay personas de carne y hueso. Y nuestros adultos mayores merecen respeto, dignidad y empatía, no el destrato silencioso al que hoy parecen estar siendo sometidos.
Por eso decidí escribir esta historia. Porque callarla habría sido mirar para otro lado. Y porque, a veces, una escena cotidiana alcanza para describir el momento que estamos viviendo.




