Por Pablo Menéndez.- Mientras discutimos lo accesorio, la economía cotidiana golpea cada vez con más fuerza a Miramar y a toda la región. Hay momentos en los que una sociedad necesita detenerse unos minutos y preguntarse si está discutiendo lo verdaderamente importante.
Hoy, en Miramar y en buena parte de la región, la preocupación de miles de familias no pasa por las peleas políticas, las discusiones estériles o los enfrentamientos que ocupan parte de la agenda pública. Pasa por algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo: llegar a fin de mes.
La realidad golpea todos los días.
La marcada baja de la actividad turística ya no es una sensación. Es una realidad que se percibe caminando por las calles de la ciudad. Se observa en hoteles con menor ocupación, en restaurantes con mesas vacías, en cafeterías donde el movimiento ya no es el de otros tiempos y en comercios que hacen enormes esfuerzos para sostener sus puertas abiertas.
Cada persiana que baja representa mucho más que un negocio que cierra. Detrás hay una historia familiar, años de trabajo, inversiones, empleados y sueños que muchas veces quedan en el camino.
El turismo siempre fue el gran motor económico de Miramar y de muchas localidades de la región. Cuando ese motor pierde fuerza, el impacto alcanza a todos. Al comerciante, al gastronómico, al hotelero, al remisero, al taxista, al proveedor, al trabajador independiente y también al empleado que depende de que la rueda siga girando.
La economía terminó convirtiéndose en el principal problema de nuestra comunidad.
Hay trabajadores que apenas llegan al día veinte de cada mes. Otros logran completar el calendario con enormes esfuerzos y privaciones. Los jubilados y pensionados, después de toda una vida de trabajo, muchas veces deben elegir entre comprar medicamentos, pagar los servicios o llenar la heladera. Son decisiones que nunca deberían formar parte de la rutina de una sociedad.
Y mientras tanto, muchas veces seguimos discutiendo temas que no interpelan a la mayoría de los vecinos.
No porque el debate político no sea necesario. Todo lo contrario. La democracia necesita debate. Lo que no puede ocurrir es que la agenda pública termine desconectándose de la realidad cotidiana de quienes sostienen con esfuerzo la economía local.
Pero esta reflexión también nos incluye como sociedad. Sería demasiado sencillo pensar que toda la responsabilidad siempre es de los gobiernos, de los dirigentes o de quienes circunstancialmente administran el Estado.
La dirigencia tiene responsabilidades enormes y debe asumirlas. Sin embargo, nosotros también tenemos las nuestras.
Cada elección que hacemos como ciudadanos define un rumbo. Cada voto expresa un modelo de ciudad, de provincia y de país. Después, los resultados —buenos o malos— forman parte de esa decisión colectiva.
Repensarnos también significa asumir que la democracia no termina el día de una elección. Empieza allí.
Tal vez sea tiempo de recuperar una conversación más profunda. De dejar de lado las discusiones que sólo generan ruido y empezar a hablar de producción, trabajo, turismo, comercio, educación, desarrollo y oportunidades.
Porque detrás de cada indicador económico hay personas. Detrás de un comercio que cierra hay una familia. Detrás de una temporada floja hay cientos de trabajadores que ven reducirse sus ingresos. Detrás de cada jubilado que hace cuentas para comprar sus remedios hay una historia de esfuerzo que merece mucho más respeto del que muchas veces recibe.
Desde El Recado seguiremos proponiendo estos debates. No para señalar culpables ni para alimentar enfrentamientos. Sí para poner sobre la mesa aquellas cuestiones que entendemos verdaderamente importantes para Miramar y General Alvarado.
Creemos en un periodismo que invita a pensar antes que a reaccionar. Que pregunta antes que sentencia. Que escucha antes que grita.
Porque las noticias pasan. Las coyunturas cambian. Pero una comunidad que deja de reflexionar sobre su propio presente corre el riesgo de resignar también su futuro. Quizá haya llegado el momento de mirarnos un poco más. De exigir, de participar, de proponer, pero también de asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde.
Porque construir una ciudad mejor nunca depende solamente de los demás. Depende, también, de cada uno de nosotros.




