Miramar llega a sus 138 años con una historia que fue construida por hombres y mujeres que, a lo largo del tiempo, supieron dejar de lado egoísmos personales para pensar en el futuro.
Fueron vecinos que aportaron iniciativas, trabajo y compromiso, convencidos de que una ciudad se construye mucho más allá de una obra o de una decisión puntual. Se construye con sentido comunitario, con la mirada puesta en quienes vendrán.
Ellos son, de alguna manera, quienes mantuvieron encendida la llama de la memoria, aun cuando muchas veces tuvieron que avanzar contra la inercia, la indiferencia o incluso la oposición de otros.
Como en toda historia, también hubo aciertos y errores. Nadie está exento de equivocarse. Pero cuando miramos hacia atrás, no queremos asociar nuestros recuerdos más queridos con aquellas circunstancias. Preferimos rescatar aquello que cada uno pudo aportar a la construcción de nuestra ciudad.
Algunos más, otros menos, todos aquellos que trabajaron por Miramar fueron dejando algo de sí y, con ello, ganaron su lugar como constructores de esta ciudad.
Porque Miramar no fue obra de una sola persona. Es el resultado de muchas voluntades que, generación tras generación, fueron colocando un ladrillo sobre otro.
Y entre esos primeros constructores aparece una figura fundamental: Don Fortunato de la Plaza.
De la Plaza construyó los cimientos de una obra que todavía continúa. Los ladrillos que hoy colocamos nosotros son parte de aquella construcción iniciada hace 138 años.
El nacimiento de Miramar
El 20 de septiembre de 1888 se dictó el decreto por el cual se autorizó la creación de un pueblo denominado Mira Mar, en el Partido de General Pueyrredón, sobre terrenos pertenecientes a don Fortunato de la Plaza.
La disposición aceptaba la traza propuesta para la división de esas tierras en manzanas destinadas a poblar y formar el nuevo pueblo, además de quintas y chacras. También contemplaba la donación de solares destinados a edificios públicos.
Por entonces, el Partido de General Pueyrredón, creado en 1879, tenía apenas nueve años de existencia. En ese territorio comenzaba a surgir una nueva población, ubicada a unos 50 kilómetros de Mar del Plata.
Mar del Plata, por su parte, ya llevaba 14 años de vida y contaba con unos 4.000 habitantes. Había sido primero cabecera del Partido de Balcarce y posteriormente del actual Partido de General Pueyrredón.
Por eso, el nacimiento de Miramar no significaba simplemente el crecimiento de Mar del Plata hacia sus alrededores. Se trataba de la creación de un nuevo pueblo, a una distancia que le permitiera desarrollar una vida propia y convertirse en un verdadero núcleo urbano.
Fortunato de la Plaza, que por entonces era intendente de General Pueyrredón, no se conformaba con que Mira Mar fuera una pequeña población secundaria.
Junto con su cuñado, José M. Dupuy, realizó numerosas gestiones con el objetivo de darle al nuevo pueblo las condiciones necesarias para convertirse en una ciudad importante.
Esas gestiones tuvieron un resultado trascendente.
El 29 de septiembre de 1891, una ley dispuso la segregación de aproximadamente la mitad del territorio del Partido de General Pueyrredón para conformar la jurisdicción de un nuevo partido, que llevaría el nombre de General Alvarado.
Pocos días después, el 9 de octubre de 1891, un decreto aprobó los límites trazados por el Departamento de Ingenieros y designó una comisión encargada de realizar un censo de los vecinos y confeccionar el padrón cívico, paso necesario para convocar posteriormente a elecciones municipales.
Pero el aporte de Fortunato de la Plaza no terminó con la subdivisión de sus tierras.
El fundador también se preocupó por darle al pueblo una dimensión cultural y social. Para ello comenzó por algo fundamental: él mismo y su familia pasaron a formar parte del vecindario que estaba ayudando a construir.
Así empezó Miramar.
No solamente como un trazado de calles, manzanas y solares, sino como una comunidad.
Y 138 años después, aquella tarea continúa.
Cada generación recibió una ciudad, la transformó y dejó algo para la siguiente. Nosotros también somos parte de esa historia y tenemos, como quienes nos precedieron, la responsabilidad de seguir colocando ladrillo sobre ladrillo.
Porque Miramar no es solamente el lugar donde vivimos.
Es una construcción colectiva. Es nuestra historia. Es nuestro presente. Y también es el futuro que estamos llamados a construir.
Felices 138 años, Miramar.
Fuente Libro de Segundo Acha Miramar, Cien Años De Anecdotario Histórico




