Por Pablo Menéndez.- Hay veranos que no se van nunca. Aunque el calendario cambie, aunque el calor se apague, aunque la vida avance.
Este verano que ya se despide me trajo, sin avisar, una imagen antigua: Rosario con seis, siete años —quizás ocho— esperándome los domingos para cumplir con nuestro pequeño ritual.
Era nuestro programa.
Nos escapábamos de la playa. No importaba si el día estaba pesado de calor o si el viento levantaba arena y despeinaba todo. Había algo más fuerte que la temperatura: el acuerdo silencioso entre nosotros.
Caminábamos hasta aquel café que habían abierto en la esquina de 21 y 24. No era un lugar extraordinario para el mundo. Para nosotros sí.
Ella pedía su jugo de naranja y su tostado. Siempre lo mismo. Yo la miraba mientras hablaba de sus cosas, de la escuela, de alguna amiga, de alguna idea nueva que había nacido esa semana. Tenía esa manera de contar que mezclaba inocencia y decisión. Y yo la escuchaba sabiendo, aunque no lo decía, que ese rato era sagrado.
No era solo merendar. Era estar.
Cuando uno tiene más de un hijo entiende que el amor es infinito, pero el tiempo no. Y entonces hay que fabricarlo. Hacer huecos. Crear mano a mano. Dar centralidad.
Esos domingos eran eso: su momento. Nuestro momento.
Después salíamos por la peatonal. Ella se detenía frente a los puestos, quería billeteras, hilos de colores para hacer pulseras, cualquier objeto que tuviera la promesa de convertirse en algo propio. Jugaba, elegía, aprendía sin saber que estaba aprendiendo.
Yo la miraba y pensaba que el tiempo era lento. Pero no. El tiempo nunca es lento. Solo parece.
Hoy recuerdo esos veranos con una mezcla que no sé nombrar del todo. No es tristeza. No es exactamente alegría. Es algo más profundo. Es la certeza de que hubo momentos que llenaron la vasija. Que acariciaron el alma. Que construyeron algo que todavía sostiene.
Ese café ya no importa tanto. La esquina es apenas un punto en el mapa.
Lo que queda es la complicidad. La espera del domingo. El jugo de naranja. La escapada.
Y la certeza de que, en medio del ruido del mundo, hubo un padre y una hija que supieron inventar su propio tiempo.



