Por Pablo Menéndez.- Hay miradas que uno no olvida. No porque hayan dicho demasiado, sino porque, durante mucho tiempo, no dijeron nada. Yo estaba convencido de que había sentido algo real. Sin embargo, la vida siguió. Aprendí a aceptar que no todas las historias encuentran el mismo tiempo para los dos.
Pasaron los meses. Cada uno hizo su camino. Hasta que un día volvimos a encontrarnos. No recuerdo las primeras palabras. Tampoco el lugar. Lo que quedó grabado fue la forma en que me miró.
Era otra mirada. No era la de quien apenas saluda. Tampoco la de la amistad de siempre. Había una calma distinta, una decisión silenciosa, como si sus ojos estuvieran diciendo aquello que antes no habían podido.
Y decidí creerles. No porque quisiera volver al pasado, sino porque entendí que algunas personas necesitan más tiempo para llegar al mismo lugar.
Esa vez no ignoré la intuición. Me acerqué. Ella también.
Y así comenzó una historia que confirmó algo que durante mucho tiempo había puesto en duda: no siempre nos equivocamos con lo que sentimos. A veces, simplemente, el amor llega a destiempo.
Después, como tantas historias, la nuestra también terminó. Pero nunca dejó de ser verdadera.
Porque hay relaciones que no se recuerdan por cómo terminan, sino por la certeza de que, durante un tiempo, dos miradas encontraron el mismo idioma.




