Por Pablo Menéndez.- No voy a opinar sobre la causa judicial. Para eso está la Justicia, que deberá investigar con independencia y determinar si hubo responsabilidades o no. Ese no es el eje. Lo que sí me interesa es observar cómo llegamos hasta este punto.
Durante cuatro meses, el Gobierno nacional quedó condicionado por un caso que terminó desgastando su propia gestión. Cuatro meses de incertidumbre, de versiones, de silencios y de especulaciones. Y cuando finalmente llegó la renuncia del jefe de Gabinete, el desenlace estuvo muy lejos de la seriedad institucional que un hecho de semejante magnitud merecía.
No hubo una comunicación oficial ordenada. No hubo una explicación política a la altura de las circunstancias. Hubo publicaciones en redes sociales, una carta escrita con más tono de victimización que de responsabilidad institucional y una puesta en escena improvisada, propia de un gobierno que muchas veces demuestra más amateurismo que experiencia en el ejercicio del poder.
Incluso el momento elegido deja interrogantes. La renuncia se conoce en la previa de un partido de la Selección Argentina. Cuando juega Argentina, buena parte del país está mirando otra cosa. Y esa sensación de intentar pasar una noticia importante por debajo del radar tampoco ayuda a fortalecer la confianza de la sociedad.
Mientras tanto, todavía quedan interrogantes sobre quién conducirá efectivamente la Jefatura de Gabinete. Pero, sinceramente, esa discusión hoy parece secundaria frente a los problemas reales que atraviesa la Argentina.
Porque mientras la política vive su propio mundo, la gente vive otro completamente distinto.
El comerciante no sabe si podrá mantener abierto su negocio. La pyme hace cuentas para pagar aguinaldos y salarios. Los jubilados siguen cobrando un bono de 70.000 pesos congelado desde hace años, cuando su poder adquisitivo se deterioró de manera evidente. Hay jubilaciones que no alcanzan los 400.000 pesos y ese bono ya ni siquiera representa una compra importante en un supermercado.
Los precios siguen siendo una preocupación cotidiana, más allá de las estadísticas macroeconómicas que el Gobierno exhibe como un éxito. La macro puede mostrar algunos indicadores positivos. Pero la microeconomía, la del almacén, la del barrio, la del trabajador que se levanta todos los días a las siete de la mañana, sigue contando otra historia.
Y como si eso fuera poco, la oposición tampoco parece ofrecer una alternativa diferente. Vuelve a encerrarse en internas, acusaciones cruzadas y disputas de poder. Incluso resulta llamativo ver a dirigentes que hoy se presentan como jueces morales cuando hace apenas unos días no dieron quórum para interpelar al propio jefe de Gabinete.
Todo termina pareciendo más de lo mismo.
Mientras tanto, los municipios sienten la presión económica, aparecen tensiones internas y la discusión pública corre el riesgo de transformarse, otra vez, en una pelea entre quienes menos tienen.
Ese es el verdadero escenario de la Argentina.
Con los años uno aprende a distinguir las crisis políticas de las crisis sociales. Hoy conviven ambas. Y quizás eso sea lo más preocupante.
Porque cuando la dirigencia discute sus propias batallas mientras la sociedad intenta simplemente llegar a fin de mes, la democracia pierde calidad.
Una renuncia de un jefe de Gabinete debería haber sido un acto institucional serio, transparente y respetuoso de la ciudadanía.
Pero terminó siendo apenas otro capítulo de una política que, muchas veces, parece haber dejado de mirar a quienes dice representar.
Y esa, quizás, sea la noticia más preocupante de todas.




