Por Pablo Menéndez.- Una conversación, un recuerdo y un texto de Eduardo Galeano que, con el paso de los años, adquirió un significado diferente.
Hay conversaciones que terminan mucho después de que las palabras se apagan. Hoy, mientras hablaba con una amiga de mi hija, sin proponérmelo regresé a un texto de Eduardo Galeano que leí hace muchos años. No recuerdo cuándo fue la primera vez. Sí recuerdo la sensación que me dejó. Y, curiosamente, cada vez que vuelvo a él, encuentro algo distinto.
Será la edad. Será el tiempo. O será que los hijos nos cambian para siempre.
Cuando son chicos creemos que nuestra misión consiste en enseñarles a caminar, llevarlos de la mano, curarles las rodillas raspadas o espantar los monstruos que imaginan antes de dormir. Nos sentimos fuertes. Creemos que siempre habrá una palabra o un abrazo capaz de solucionar cualquier problema.
Pero un día descubrimos que existen dolores para los que ningún padre está preparado. El primer rechazo. La primera decepción. La primera vez que alguien importante les dice que ya no los quiere. Y entonces comprendemos que no podemos vivir la vida por ellos.
Podemos aconsejarlos. Escucharlos. Esperarlos con la puerta abierta. Abrazarlos cuando el mundo les pesa demasiado. Pero hay heridas que deberán atravesar solos. Esa certeza, que llega casi sin avisar, es una de las más difíciles de aceptar cuando uno es padre.
Con los años dejé de preocuparme tanto por mis propios dolores. Me preocupan mucho más los de mis hijos. Tal vez porque uno aprende que las cicatrices personales terminan siendo parte del camino. En cambio, las lágrimas de un hijo siempre parecen injustas.
Hoy, mientras conversaba, comprendí por qué nunca olvidé aquel relato de Galeano. Ya no lo leo con los ojos del hombre que era cuando lo descubrí. Lo leo con los ojos de un padre.
Y en ese padre encuentro mis propios silencios, mis propios miedos y ese deseo imposible de proteger a quienes más amamos de todo aquello que la vida, inevitablemente, les tiene reservado.
El siguiente fragmento pertenece a “El libro de los abrazos”, de Eduardo Galeano, y fue el disparador de esta reflexión.
“Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida, a veces le llevaba chocolatines o juguetes.
La madre no estaba aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de la casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinería.
Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.
La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:
—Andá, decime.
Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.
Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.
Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.”
Cada vez que llego al final de ese relato hago una pausa. Porque ya no son solamente palabras. Son el reflejo de ese sentimiento que, creo, comparten todos los padres: daríamos cualquier cosa por evitarles el sufrimiento a nuestros hijos.
Aunque sepamos que eso es imposible. Y quizá ahí resida la verdadera esencia de la paternidad. No en evitar las heridas. Sino en estar siempre cerca para ayudarlos a sanar.




