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El amor que el tiempo no pudo borrar


El amor que el tiempo no pudo borrar

Por Pablo Menéndez.- Veinte años habían pasado desde la última vez que Ana y Pablo se habían visto.Veinte años en los que la vida hizo lo que suele hacer: empujar a cada uno hacia un lugar distinto, llenar los días de obligaciones, de decisiones, de pérdidas y de nuevos comienzos.

Ana se había marchado para estudiar arquitectura. Pablo había permanecido en la ciudad. Alguna vez se prometieron mantenerse en contacto, pero las promesas hechas a los veinte años suelen enfrentarse a un enemigo difícil de vencer: el tiempo.Y el tiempo pasó.

Una tarde de otoño, Ana regresó a su ciudad natal después de muchos años. Quería caminar por aquellas calles que alguna vez había recorrido sin mirar el reloj, volver a respirar el aire de su infancia y recuperar, aunque fuera por unas horas, algo de aquella tranquilidad que la gran ciudad le había ido quitando.

Todo parecía más pequeño.Las calles, las casas, la plaza.Sin embargo, había cosas que seguían exactamente igual: el aroma de los tilos, el viento que llegaba desde el mar y ese sonido lejano de las olas que parecía formar parte de la identidad del lugar.

Ana entró en una pequeña tienda cercana a la plaza. Miraba distraídamente algunos recuerdos cuando, al levantar la vista, lo vio.Pablo.Estaba de espaldas, hablando con el empleado del lugar.Había cambiado. El cabello mostraba algunas canas y una barba prolijamente recortada le daba un aspecto distinto al muchacho que ella había conocido.

Pero había algo que permanecía intacto.La forma de estar.La manera de mirar.Ana sintió que el corazón se le detenía por un instante.—¿Pablo? —dijo casi en un susurro.Él se dio vuelta.Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.Pablo la reconoció inmediatamente.

Sus ojos se abrieron con sorpresa y después apareció una sonrisa que mezclaba incredulidad, nostalgia y una alegría difícil de esconder.

—Ana…Pronunció su nombre como si acabara de encontrar una palabra que llevaba veinte años buscando.Se acercaron lentamente. No sabían muy bien qué hacer con tanta historia acumulada entre ellos.

Finalmente se abrazaron.Fue un abrazo largo.De esos que no necesitan explicaciones.Ana cerró los ojos y, durante unos segundos, volvió a tener veinte años.

Volvió a sentir aquellas tardes interminables, las conversaciones sin importancia que entonces parecían importantes y aquella sensación de que el mundo podía esperar mientras ellos estuvieran juntos.

—Pensé que nunca volvería a verte —dijo Pablo.—Yo también —respondió ella, con la voz apenas quebrada.

Salieron de la tienda y caminaron hacia la playa.El lugar seguía allí.El viejo paseo donde, muchos años atrás, se habían dicho por primera vez que se amaban.Se sentaron en un banco frente al mar.

Durante un rato permanecieron en silencio.No era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que habían compartido demasiado como para necesitar llenar cada espacio con palabras.

—¿Te acordás de aquella noche? —preguntó Ana. Pablo sonrió.—Me acuerdo de todo.Ella bajó la mirada.—Yo también.

Hablaron durante horas. Se contaron sus vidas, sus aciertos y sus errores. Hablaron de los caminos que habían tomado y de aquellos que habían quedado atrás.

Pablo se había casado. Tenía hijos. Su matrimonio había terminado algunos años antes y, desde entonces, había aprendido a convivir con una soledad que a veces elegía y otras veces simplemente aceptaba.

Ana también había formado una familia. Su matrimonio había terminado con el tiempo y su carrera había ocupado gran parte de su vida. Habían conseguido muchas cosas. Habían conocido otros lugares, otras personas, otras historias.Pero aquella tarde, sentados frente al mar, ambos comprendieron algo que nunca habían podido explicar del todo.Hay amores que no desaparecen.

Simplemente quedan guardados en algún lugar de la memoria, esperando que la vida vuelva a abrir la puerta.La noche comenzó a caer lentamente.Las primeras estrellas aparecieron sobre el mar y una brisa fresca les recordó que el otoño ya estaba allí.

Pablo miró a Ana.Esta vez no había nostalgia en sus ojos.Había una pregunta.—¿Y si la vida nos está dando otra oportunidad?Ana lo observó durante unos segundos.Podía pensar en todo lo que había pasado. En los años perdidos. En las decisiones tomadas. En las vidas que cada uno había construido.

Pero también podía pensar en aquel instante.En ellos dos.En el mar.En aquel banco.Y en ese sentimiento que, contra toda lógica, parecía haber sobrevivido al tiempo.Ana tomó su mano.—Quizás no se trate de volver atrás —dijo—. Quizás se trate de empezar de nuevo.Pablo sonrió.

Y por primera vez en muchos años, ninguno de los dos quiso preguntarse qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.Porque algunas historias no necesitan recuperar el pasado.Solo necesitan una nueva oportunidad para escribir lo que todavía les queda por vivir.

Caminaron juntos por el paseo, mientras la luna se reflejaba sobre el mar.Veinte años habían pasado.Pero, en ese momento, el tiempo parecía haberles devuelto algo que ambos creían perdido para siempre.El amor no siempre se va. A veces simplemente espera.

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