Hay fechas que quedan grabadas para siempre. Para quienes vivimos en Miramar, el 1° de agosto de 1991 es una de ellas. Han pasado 35 años, pero todavía recuerdo la sorpresa de aquel amanecer. Abrir la puerta o mirar por la ventana y descubrir que la ciudad estaba completamente vestida de blanco fue una imagen difícil de describir. Parecía que Miramar se había transformado de un momento a otro.
Creo que todos los que vivimos ese día podemos recordar exactamente dónde estábamos o qué hacíamos cuando comenzó a nevar. Con el paso de los años, ese recuerdo nunca se borró. Al contrario, cada invierno vuelve a aparecer en las conversaciones, en las fotografías guardadas y en las historias que les contamos a quienes no tuvieron la suerte de vivirlo.
Lo que siguió fue una verdadera fiesta. Las plazas se llenaron de chicos jugando, el Vivero Dunícola se convirtió en un escenario único y hasta la playa ofrecía una postal impensada, con arena y nieve compartiendo el mismo paisaje. Los muñecos de nieve aparecieron por decenas en distintos barrios y nadie quería quedarse adentro de su casa. Todos queríamos disfrutar de un fenómeno que sabíamos era extraordinario.
En 1991 no existían las redes sociales ni los teléfonos celulares. Las fotos se sacaban con cámaras de rollo y cada imagen tenía un valor especial. Tal vez por eso, los recuerdos de aquella jornada quedaron aún más grabados en la memoria de quienes la vivimos.
Con el tiempo hubo otras nevadas y episodios de aguanieve en la región, pero para muchos miramarenses aquella del 1° de agosto de 1991 sigue siendo la gran nevada. La que marcó a toda una generación y la que convirtió a Miramar, por unas horas, en una ciudad de invierno profundo.
Hoy, a 35 años de aquel acontecimiento histórico, la emoción sigue siendo la misma. Porque hay recuerdos que no envejecen. Y aquella mañana en la que Miramar amaneció completamente blanca es, sin dudas, uno de ellos.




