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Cuento corto: Roma, antes de que florezca el corazón


Cuento corto: Roma, antes de que florezca el corazón

Por Pablo Menéndez.- Se despertó sobresaltada en aquel amanecer. Miró hacia el otro lado de la cama y observó por última vez a aquel hombre. Dormía. Deslizó suavemente una pierna fuera de las sábanas, luego la otra. Se calzó los zapatos como pudo, recogió su ropa y salió sin mirar atrás.

Para Roma, había sido una noche más. Ya en la calle, el sol caía sobre su hermoso rostro, iluminando sus ojos achinados y aquella vestimenta que todavía conservaba las huellas de la noche. Caminaba de regreso a su casa cuando decidió revisar los últimos mensajes en su teléfono. Entre ellos estaba el de Gabriel.

Hablaban de todo, aunque jamás se habían cruzado en persona. Y, sin embargo, Gabriel era el único hombre con quien sentía que podía ser auténtica.

Con él hablaba de sus preocupaciones, de su vida, de esas cosas que uno no se atreve a contarle a cualquiera. Roma era una mujer preparada, de buena posición económica, con una vida que, vista desde afuera, parecía resuelta. Pero había elegido vivir una doble existencia. Quizás todo había comenzado con un gran amor, uno de esos que dejan heridas tan profundas que terminan cambiando nuestra manera de sentir.

En su otra vida, Roma no quería saber nada de los hombres que pasaban por su cama. No le interesaba conocer sus verdaderos nombres, sus historias, sus estados civiles ni a qué se dedicaban. Tampoco ellos parecían interesados en descubrir quién era ella detrás de aquel personaje. Cada encuentro tenía sus reglas, su tiempo y su precio. Roma cumplía con su papel y se marchaba.

Sin preguntas. Sin promesas. Sin dejar que nadie se acercara demasiado.

Pero con Gabriel era diferente.

Con él aparecía la otra Roma, la que nadie conocía. La mujer que podía hablar de sus miedos, de sus contradicciones y de aquellas cicatrices que llevaba escondidas bajo una coraza que parecía imposible de atravesar. Con Gabriel no necesitaba interpretar ningún papel, ni fingir fortaleza, ni disimular sus tristezas.

Él jamás había estado en su cama. Y ella tampoco quería que eso sucediera. No era falta de deseo. Era, precisamente, el temor a lo que podía despertar.

Porque Roma intuía que, si alguna vez Gabriel la abrazaba de verdad, si sus cuerpos llegaban a encontrarse más allá de las palabras, algo en ella dejaría de estar bajo control. Quizás descubriría que todavía podía enamorarse. Quizás tendría que enfrentarse a todo aquello de lo que llevaba años escapando.

Y eso le daba más miedo que cualquier hombre desconocido.

Por eso prefería mantenerlo a distancia, al otro lado de una pantalla, en ese territorio seguro donde las palabras podían desnudar el alma sin necesidad de tocar la piel.

Gabriel conocía a Roma, pero nunca se habían cruzado. Ignoraba sus gestos, el sonido de su risa y la manera en que el sol iluminaba sus ojos al regresar a casa después de una noche de trabajo.

Y ella, que tantas veces había permitido que desconocidos conocieran su cuerpo, se resistía a que un solo hombre pudiera conocerla por completo.

Porque, en el fondo, Roma sabía que Gabriel podía ser mucho más que un encuentro. Podía ser el principio de algo que ya no supiera cómo detener. Y quizás, si alguna vez se encontraban, dejaría de llamarse Roma.

Porque ese día, por primera vez en mucho tiempo, su corazón podría florecer.

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