Por Pablo Menéndez*,- Hay momentos en los que uno necesita detenerse y preguntarse, sinceramente: ¿hacia dónde estamos yendo?
En estos días, escuchando conversaciones, leyendo opiniones y hablando con vecinos, volvió a aparecer una preocupación que no es nueva, pero que cada vez se siente más fuerte: ¿en serio creemos que podemos construir una sociedad mejor sobre la base de la crueldad, del desprecio y de la falta de empatía?
Hace poco hablaba de la necesidad de una reconversión. No solamente económica o laboral. Una reconversión humana. La necesidad de volver a mirarnos, de entender que detrás de cada situación hay una persona, una familia, una historia.
Ayer volví a conversar con un comerciante de nuestra ciudad. Un trabajador preocupado, alguien que apostó y apuesta al esfuerzo, que abrió una puerta todos los días con la esperanza de sostener un proyecto, un negocio, una vida. Y esa charla volvió a generar una pregunta: ¿qué pasa cuando dejamos de mirar al otro?
¿Tan difícil se nos volvió ponernos en el lugar de quien está pasando un mal momento? ¿Tan lejos hemos llegado que podemos ver la dificultad ajena y pensar que nunca nos va a tocar?
Porque quizás ahí está el gran error. Creer que el problema del otro siempre es del otro. Que la caída de alguien no puede alcanzarnos. Que mirar hacia otro lado nos protege.
La historia nos ha demostrado muchas veces que una sociedad que pierde la empatía termina perdiendo algo mucho más importante: su humanidad.
Los que hemos pasado los 60 años, los que vivimos una Argentina atravesada por momentos muy difíciles, y abrazamos la recuperación democrática, aprendimos —con errores y aciertos— que algunas palabras no eran simples palabras: consenso, diálogo, respeto, escucha, ideas.
No significa pensar todos igual. Al contrario. Una democracia sana necesita diferencias. Necesita debate. Necesita discusión. Pero una discusión donde las ideas tengan más fuerza que los insultos, donde el argumento pese más que la agresión, donde la política sea una herramienta para transformar y no un escenario permanente de enfrentamiento.
No se trata de no tener bronca. Muchas veces hay motivos para estar enojados. Se trata de qué hacemos con esa bronca.
Podemos elegir la violencia, el desprecio y la división. O podemos intentar construir desde otro lugar: desde la responsabilidad, desde la solidaridad, desde entender que nadie vive aislado del resto.
Quizás sea tiempo de preguntarnos, cada uno desde su lugar: ¿qué aporte estamos haciendo?
Porque una ciudad, una provincia o un país no se construyen solamente desde los gobiernos. Se construyen también desde nuestras acciones cotidianas, desde cómo tratamos al vecino, desde cómo reaccionamos frente al que piensa distinto, desde si somos capaces o no de tender una mano.
A veces parece difícil. Muy difícil. Pero quizás justamente por eso sea más necesario que nunca recuperar esas palabras que algunos parecen haber olvidado: escuchar, respetar, comprender.
Porque una sociedad no se construye desde la crueldad.Se construye cuando somos capaces de recordar que detrás del otro también hay una historia.
- Director El Recado7607.com




